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Pulp Fiction, 1940 · page 82 of 87

Aventuras de Jim: Texas — La carrera de la muerte — page 82: what you’re looking at

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Aventuras de Jim: Texas — La carrera de la muerte — page 82: Pulp Fiction, 1940

A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.

📄 Transcribed text from this page (OCR, searchable)

Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

— Hay algtin médico por aqui cerca? —Pues... si... hay uno cerca, pero... a estas horas... —Busquele, haga el favor. No me importa lo que cobre. Este hombre se desangra... Le han herido unos pistoleros cobardes... Tome, corra. Puso un billete de veinte délares en la mano del mozo, quien se apresuro a correr en busca del médico. Una hora mas tarde, el galeno acudia con su cartera de operaciones. Vera contaba con ansia los minutos que tardaba y entre tanto, habia realizado en favor del herido cuanto se podia intentar sin medios para ello. El médico procedi6 a examinar la herida. El proyectil habia quedado alojado en el pecho, junto a una costilla y tuvo que trabajar para extraer la bala. Luego de lavar bien la herida y taponarla, advirtio: —No es grave, pero si dolorosa y sobre todo hubo mucha pérdida de sangre. Tendra que guardar un reposo absoluto durante varios dias y tener cuidado en renovar las curas para que no se infecte la herida. Seguramente permanecera insensible uno o dos dias, pero le conviene para que no realice esfuerzos. Si sucediese algo anormal, que vuelvan a avisarme. Vera gratific6 espléndidamente al médico y se instalé a la cabecera del lecho. Un caos de tumultuosos pensamientos agitaban su cabeza y su respiraciOn era agitada y asfixiadora. Ardia en deseos de saber qué habia sucedido en «Vanity Fair» y temia a cada momento ver aparecer al odioso secretario a pedirle cuentas de su traicion. Pero las horas transcurrian lentas y silenciosas y Zenker no daba senales de vida, lo que hizo sospechar a la joven que algo grave habia sucedido para que su odioso marido se hubiese visto obligado a huir sin hacer gesti6n alguna para localizarla debidamente. Jim permaneci6 dos dias sumido en 1a inconsciencia, pero al tercero, volvi6 a la realidad de la vida, tardando bastante en darse cuenta de su situaci6n. Cuando por fin reconoci6 a Vera, record6 todo lo pasado y, lleno de asombro, murmuro: —Vera, jqué hace usted aqui, a mi lado? —No lo ve?—replico ella a media voz— Cuidando de su vida. —Por qué? —No me haga preguntas a las que no he de contestar. Debe bastarle saber, que le saqué de las garras de aquellos asesinos cuando estaban a punto de acabar con usted. ;Quién le hiri6? COMICHOOKS C@©