Pulp Fiction, 1940 · page 81 of 87
Aventuras de Jim: Texas — La carrera de la muerte — page 81: what you’re looking at
A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.
📄 Transcribed text from this page (OCR, searchable)
Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.
llevaré donde no peligre mas su vida... —Gracias, pero... —No se niegue. ;No ve que esta usted condenado a morir sin remisi6n? Zenker no ha terminado aun... Le arrastr6 casi hasta la puerta. Ya en ella, Jim advirtio: —Apartese, Vera... ahi fuera debe haber unos cuantos pistoleros mas, esperandome... Ella, valientemente, se coloco delante de él, diciendo: —Acérquese al caballo... No se atreveran a disparar contra usted, mientras yo esté delante. Jim pudo saltar al caballo, quedando medio atravesado sobre él. Sentia que la herida volvia a sangrar y desconfiaba de sus fuerzas para continuar erguido en la silla. Entre tanto, Vera observ6 que pasado el primer momento de estupor entre aquella gente dura y agresiva, se empezaba a operar una reaccion violenta que nada bueno presagiaba. Rabiosa, se encar6 con los pistoleros, gritando: —jAtras, cobardes!... No es de hombres reunirse muchos para acabar con un hombre solo y herido. Los bandidos vacilaron y Vera, de un salto, mont6 a caballo, gritando: —jAdelante! Las dos monturas partieron al trote. Vera, aun sabiendo el riesgo que corria, dej6 que el caballo de Texas galopase por delante, cubriéndole con el suyo, pero apenas habian emprendido la marcha, vibraron varias detonaciones y la joven, con un escalofrio de terror, sintid como los proyectiles silbaban cerca de ella. Rabiosa, volvié el brazo y al azar, dispard. Los pistoleros se replegaron, temiendo ser alcanzados y cuando quisieron reaccionar, ya los dos fugitivos habian tomado una buena delantera y se perdian entre el polvo y las sombras de la noche, seguidos de los ultimos disparos hechos con rabia y despecho. Asustada, solamente penso en la vida del herido sin preocuparse de su propia seguridad ni de las consecuencias que podia acarrearle su impulsivo acto y sin vacilar, tomdé el caballo por la brida y orientandose lo mejor que le fue posible, logr6é localizar de nuevo el hotel de dénde habia salido. Se detuvo a la puerta, apeandose y requiriendo el auxilio de uno de los mozos, orden6o: —jPronto! Hagame el favor de ayudarme a transportar a este hombre al departamento de mi marido. Luego, angustiada, pregunto: cConniclooolks C@©