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Pulp Fiction, 1940 · page 34 of 87

Aventuras de Jim: Texas — La carrera de la muerte — page 34: what you’re looking at

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Aventuras de Jim: Texas — La carrera de la muerte — page 34: Pulp Fiction, 1940

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Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

comprendera. —No le culpo en esto, Zenker. Reconozco que en este asunto se esta portando lealmente. —Casi estoy por pedirle un beso como recompensa. —Para qué? Usted sabe que no le sabria a nada dulce. —Fs cierto. Pero no es mia la culpa. Abandono la estancia, rabioso. Sabia que por mucho que se esforzase, la sombra de Texas se interponia entre él y aquella mujer dura y orgullosa. Esto le movia a odiar a Jim atin con mas violencia. Le habia hecho mucho dano materialmente, pero en el terreno sentimental, le habia derrotado para siempre y esta humillacién no podia perdonarsela. Zenker se retir6 a su habitacién, esperando nuevas noticias, que ya tardaban mucho en llegar, y Vera se qued6 sentada junto a la ventana que daba a la calle. Casi frente, a su izquierda, el edificio de la estacién se levantaba feo y renegrido por el humo de las locomotoras, pero Vera se distraia bastante a la hora de la llegada de los trenes, viendo entrar y salir la gente, que en particular ganaderos, «cowboys» y granjeros, eran el elemento que mas viajaba en la linea. Acababa de llegar un tren y Vera, de manera inconsciente, posd sus cansados ojos en el rio de viajeros que afluian a la capital en compacto monton. Miraba distraidamente, cuando se envaro. Algo habia herido su retina de un modo violento, obligandole a reconcentrar su atenci6én en el grupo de forasteros que fluia del andén. Por un momento qued6 tensa y palida, con las manos aferradas al pecho por contener los latidos de su coraz6n, al tiempo que sus dientes se enclavijaban tratando de ahogar el grito estridente que habia pretendido acudir a su boca. Jim Texas, el propio Jim Texas, acompanado de su inseparable Nino Mendoza y otro tipo desconocido para ella, avanzaban cruzando el vano que se abria entre la estaci6n y el hotel, y se dirigian a éste en linea recta. Por un momento, todo su indomable valor cayé deshecho ante, la consciencia de un terrible e inmediato peligro y rehaciéndose, abandono violentamente su estancia para dirigirse a la de Zenker, donde penetr6 como una tromba, sin cuidarse de pedir permiso. Zenker asustado, llev6 la mano al revélver que descansaba sobre la mesa y de modo mecanico, encanond a la joven pero al reconocerla, emiti6 un grosero juramento y advirti6: cConniclooolks C@©