Pulp Fiction, 1940 · page 18 of 87
Aventuras de Jim: Texas — La carrera de la muerte — page 18: what you’re looking at
A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.
📄 Transcribed text from this page (OCR, searchable)
Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.
El coche arrancé entre nubes de polvo y poco después se perdia en la cinta blanquecina del camino, rodando hacia la divisoria. Diez millas mas adelante, los dos «cowboys» se apearon para dirigirse a su rancho y el coche continud rodando, hasta que, mediada la tarde, se detuvo en una estacion de cambio a renovar el tiro. Fue una parada de media hora. En la cantina les ofrecieron unos porotos y tocino, que todos devoraron con apetito. Los viajeros no parecian muy comunicativos y como Texas tampoco se sentia muy inclinado a charlar, pensando en Stella, el silencio resultaba hosco. Ya de noche, llegaron a Red Bluff, descansando en la estacién de recambio, para emprender la marcha al siguiente dia. Los cuatro viajeros parecian indiferentes y Nino, que les examinaba distraido, se pregunt6 dénde diablos irian, que no daban senales de impaciencia. Quiza les interesase cruzar la divisoria por Reno, para entrar en Nevada. Al salir de Red Bluff, sdlo iban los seis en el vehiculo. Poco mas tarde, empezaron a bordear el rio Sacramento, con direccién a Tohama. Uno de los viajeros se asom6 a la ventanilla, contemplando el rio que bajaba fangoso a causa de los aluviones de primavera y a poco de asomarse, lanz6 un grunido: —Ese muchacho se ahogara sin remisi6n—comento. El comentario demostrando el temor de una desgracia, movi6 a Texas y a Nino a lanzarse a las proéximas ventanillas para echar un vistazo al rio. Sus cuerpos se inclinaron sobre los huecos, dando la espalda al resto de los viajeros. Pero apenas si habian tenido tiempo de comprobar que no habia tal muchacho en el rio, cuando sintieron en sus rinones el duro hierro de las bocas de dos «Colts» y unas voces frias y autoritarias que ordenaban: —No se muevan, si no quieren recibir cuatro onzas de plomo en tan delicado sitio. Tanto Texas como Nino, se dieron cuenta de la celada en que habian caido y su primer impulso fue revolverse furiosamente, pero rapidamente comprendieron lo improcedente de la idea. Antes de que hubiesen tenido tiempo de hacerlo, los bandidos podian disparar a discrecion sobre ellos. Se quedaron tensos, esperando lo que iba a suceder, mientras manos expertas les despojaban de los revélveres que pendian de sus cintos. (a cConniclooolks C@©