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Pulp Fiction, 1940 · page 60 of 102

Aventuras de Jim: Texas — page 60: what you’re looking at

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Aventuras de Jim: Texas — page 60: Pulp Fiction, 1940

A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.

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Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

Un silencio impresionante reinaba en torno de ellos, cortado solamente por el sordo rumor del mar batiendo sobre los cantiles a no muchas yardas de distancia... Era un rumor lugubre y melancélico, que acabo de encrespar los nervios de la joven. Esta eché un vistazo ansioso al interior del calesin. En él, el bulto acurrucado de Stella se destacaba impreciso. La infeliz, atada y amordazada, solamente era un fard6 aprisionado, pero sus ojos refulgian con un brillo especial de panico y dolor. Las miradas de ambas mujeres se cruzaron como dos haces luminosos en la penumbra azulada de la noche y Vera, mordiéndose los labios con ira, se retiro6 murmurando: —jNo, jamas!... Jamas consentiré que me lo robe... Quien debe morir es ella y el... él debe vivir para que sufra durante toda su vida el tormento que yo tendré que sufrir por él. Spack, sin oir su mondlogo, monto6 en el calesin y fustigd los caballos dirigiéndose a través del arenal hacia el poblado, mientras Vera, tomando una resolucion, volvi6o a internarse en la choza. Durante varios minutos, qued6 tensa en la misera estancia, con la mirada vagando por la penumbra de la mal alumbrada habitacién y con el pensamiento perdido muy lejos. Estaba barajando algo grave y decisivo, que su instinto le advertia que no debia llevar a cabo, pero, habia algo superior que le impulsaba a hacerlo y era aquel amor loco, desenfrenado e inttil, que sentia por su mas irreconciliable enemigo. Por fin, bruscamente se decidid. Tomé la vela y se dirigié al departamento donde Texas, acuciado de terribles dolores en todo el cuerpo y sobre todo en los brazos, pedia a Dios como un bien, que pusiese término cuanto antes a sus sufrimientos. Vera hizo senas al rufian que vigilaba la estancia y exclamo: —Vigila la puerta de entrada por si acaso. Los momentos no son para descuidar cualquier contingencia. El forajido obedeci6é y saliéd fuera, mientras Vera con la vela en la mano, penetraba en la prisi6n. Texas la miréd angustiosamente y se preguntd qué tragicas nuevas vendria a anunciarle. Ella, mirandole entre rencorosa y angustiada, exclam6: —Capitan Texas, el desenlace se acerca. Sus minutos estan cConniclooolks C@©