Pulp Fiction, 1940 · page 86 of 104
Aventuras de Jim Texas: La herencia trágica — page 86: what you’re looking at
A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.
📄 Transcribed text from this page (OCR, searchable)
Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.
necesitaria lampara para andar, le veria perfectamente y podria llamarle. Vigile bien o asi. Y se tumbo sobre las duras tablas, quedando dormido como un leno a los pocos minutos. Stella, venciendo la impresi6n que le causaban las tinieblas, permaneci6 con los ojos muy abiertos, desorbitandose por ver algo entre las densas sombras y sus oidos se torturaban, tratando de captar algun ruido tangible, pero solamente el crujir de algunas tablas carcomidas llegaba hasta ella de un modo impresionante. Las horas transcurrian con lentitud, sin que pudiese precisar si ya habia amanecido o no, pero, dandole pena despertar al mejicano, decidié no llamarle hasta que él despertase por propio impulso. De stbito sintid como si sacudiesen su cuerpo con una corriente eléctrica, y se restreg6 los ojos con fuerza creyendo que era victima de una alucinacion. Le habia parecido descubrir una lucecita que avanzaba balanceandose c6micamente en la negrura y tuvo que hacer grandes esfuerzos para convencerse de que no estaba sonando. Nerviosa, extendi6 las manos y sacudi6 a Nino, susurrando: —Nino, despierte..., creo que veo una luz. El mejicano, que estaba sonando agradablemente verse jinete sobre un caballo excepcional que era el célebre Atila, llevé mecanicamente la mano al revélver y mascullo: —jPor todos los diablos del infierno, maldita sean esos pringaos! ¢Por dénde habran podido entrar? Se tumb6 sobre las tablas y miré hacia abajo. La luz avanzaba por la galeria y se acercaba hasta el tinglado. —Bueno va, manita—dijo—; creo yo que tendra usted que hacer uso del revélver. Escuche, escéndase detras de este grueso tabl6n, y si yo disparo, hagalo usted, pero sin separarse de él. Las balas no podran llegar aqui, porque le protege este tinglado por arriba y por abajo. Obedezca, que es su vida la que se juega. —Y usted? —No se preocupe de mi. Yo sé cémo he de maniobrar, creo yo. Y en las tinieblas empuj6 a la muchacha hacia el madero, buscando luego un lugar propicio para guarecerse. La lampara seguia avanzando y, poco después, se detenia en el gran espacio abierto en la galeria. cConniclooolks C@©