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Pulp Fiction, 1940 · page 98 of 102

Aventuras de Jim Texas: La Emboscada — page 98: what you’re looking at

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Aventuras de Jim Texas: La Emboscada — page 98: Pulp Fiction, 1940

A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.

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Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

al camino, sin auxilio posible, mientras los caballos, al galopar, le pisoteaban cruelmente, y un policia también rod6 del caballo, alcanzado por un proyectil. Poco a poco la situacién se hacia mas angustiosa para los indeseables. Cada vez sus disparos eran menores en numero y llegé un momento en que hasta «El Lobo de Utah» tuvo que abandonar las riendas, que ato al asiento, y tomar parte en la defensa. Texas y Nino, que avanzaban intrépidamente, buscaban la forma de filtrarse junto a los taludes para alcanzar a algun caballo, unica forma de detener el vehiculo, y por fin el mejicano lo logro. Uno de los cansados animales result6 tocado en un anca, y, ante el dolor, se encabrit6 y arranc6é ciegamente, obligando a sus companeros a seguirle. Pero la diligencia cruzaba en aquel momento por un paso peligroso. El sendero, por su lado izquierdo, no estaba protegido, y una sima de regular profundidad corria a lo largo del talud. De subito vibré un triple alarido de terror. La diligencia se inclin6d bruscamente de costado, y, como tragada por la tierra, desaparecio del sendero. Cuando Texas y los policias se asomaron al borde del precipicio, descubrieron la diligencia destrozada en el fondo. Los caballos aun se agitaban convulsivamente, pero los pocos forajidos que cayeron con vida no daban senales de ella. Después de dar muchas vueltas y sortear muchos peligros, consiguieron bajar al fondo realizando milagros de equilibrio, y Texas ansiosamente registr6 el interior del destrozado coche y los cuerpos de los magullados bandidos. Un grito de furor se escapo de su pecho al concluir. —jZenker!... jMaldita sea su estampa! No esta aqui. No lo encontr6é entre los cadaveres ni entre las astillas del vehiculo. Las cajas aparecian, en parte, rotas, pero nada de su contenido se habia perdido. Texas, rabioso, ascendié de nuevo, reuniéndose con el sargento y sus hombres. —Bueno va, manito —dijo Nino—. ¢Cdémo diablos crees que se ha podido evaporar ese pringao? —No lo sé y daria media vida por localizarle. Pero... ¢quién registra los recovecos de esta interminable montana? No es tonto, y cConniclooolks C@©