ComicBooks.com Register / Loginit's free!

Pulp Fiction, 1940 · page 96 of 102

Aventuras de Jim Texas: La Emboscada — page 96: what you’re looking at

📖 Open the full issue in the page-flip reader →
Aventuras de Jim Texas: La Emboscada — page 96: Pulp Fiction, 1940

A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.

📄 Transcribed text from this page (OCR, searchable)

Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

ale ale ) VF ox aX x La noche se hallaba muy avanzada, y la diligencia seguia rodando monotonamente. Zenker, cada vez mas nervioso, solo esperaba la luz del dia para buscar un lugar asequible donde esconder las cajas y deshacerse del vehiculo. Muy proximos al amanecer, el «Lobo de Utah», que era hombre practico en las montanas, prest6 atencion, y de subito tirdé de las riendas deteniendo el vehiculo. — Qué sucede? —pregunt6 Zenker—. Juraria que oigo galope de caballos. Espere. Descendi6o del carruaje y aplicé el oido a la tierra. Luego, irguiéndose, anuncio: —No me engané, y deben ser bastantes. He captado un regular rumor de cascos. Zenker se envaro. La noticia no tenia nada de grata. —Podremos resistir la ventaja hasta el amanecer? —No sé. Procuraremos, aunque revienten los caballos. El bandido fustig6 sin piedad a los pobres animales, ya cansados del peso, y el vehiculo rod6 con mas brio. La noticia se habia corrido entre los indeseables, y éstos se mostraban nerviosos, deseando internarse en el monte. Zenker, que temia que sus prisioneros fuesen rescatados, orden6 al «Lobo»: —Dame las riendas. Toma tus revélveres y mete los canones en el interior. Dispara hasta que no te quede un cartucho. Fl bandido, sonriendo ferozmente, obedecidé, y sus terribles «Colt» tronaron siniestramente, buscando en el interior del vehiculo los cuerpos de los prisioneros. Pero ni un grito anuncid que hubiese hecho blanco, y, extranado, exclamo: —jQué raro!... Pare... Voy a ver qué sucede ahi dentro. Se aped, y, al abrir la portezuela, lanz6 un rugido de sorpresa al no descubrir a los cautivos. Zenker también se aped, y, al comprobar la huida, lanz6é terribles maldiciones. La consternaci6n reinaba entre los forajidos. Todo se ponia en su contra, y, por anadidura, los batidores les iban a la zaga. Zenker se paseaba furiosamente por la senda, mientras los cConniclooolks C@©