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Pulp Fiction, 1940 · page 79 of 102

Aventuras de Jim Texas: La Emboscada — page 79: what you’re looking at

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Aventuras de Jim Texas: La Emboscada — page 79: Pulp Fiction, 1940

A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.

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Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

mi vida escalando la diligencia por, este lado! Un vocerio espantoso siguid al silencio expectante que hasta entonces habia reinado en el desfiladero y Zenker, pues era él quien hablaba, gruné: —jBuscadles, por el infierno! No pueden haber ido lejos. No tienen caballos. Tienen que estar escondidos por algun lugar. —jQue se los lleve el diablo, patrén! Lo principal es que se han dejado esto abandonado. —He dicho que los busquéis. Me interesan mas ellos que lo que contienen las cajas. Esas estan seguras y nosotros no, mientras no los eliminemos. —Bien, iy quién los busca con esta obscuridad? —La luna esta para salir —afirmé Zenker—;No lo observas? Hay que registrar el desfiladero hasta encontrarlos. Hubo grunidos, rezongos de disconformidad, pero todos se dispusieron a cumplir la orden. La luna empez6 a mostrar su blanca faz por detras de un agudo picacho y una claridad azulada bané el desfiladero. Texas y sus companeros, escondidos en lo alto del talud con las armas empunadas, descubrieron a los forajidos moviéndose de un lado para otro con gesto precavido y entre ellos, descubri6 a Zenker a quien no pudo reconocer con su extrano disfraz y sus postizas barbas. —Quién diablos sera ese tipo que les manda? —pregunt6 Texas intrigado—. Me alegraria saberlo... —Espera que le pegue un tiro, manito, acaso asi... —Quieto —orden6é Texas—. Sobra tiempo. Ahora hay poca luz y podia ser contraproducente. Déjales que busquen y solo si descubren nuestra estratagema les recibiremos a tiros para no dejarles subir. Los rufianes se repartieron a derecha e izquierda buscando a los fugitivos sin localizarlos y Zenker, muy inquieto, se preguntaba cual seria el plan de Texas, pues le conocia sobradamente para adivinar que no era capaz de abandonar las cajas de oro que le habian sido confiadas. Una fiebre loca le invadia. Necesitaba descubrir su escondite rapidamente, pues de lo contrario, era capaces de retroceder a San Antonio en busca de refuerzos que les persiguiesen por las cConniclooolks C@©