Pulp Fiction, 1940 · page 36 of 102
Aventuras de Jim Texas: La Emboscada — page 36: what you’re looking at
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Zenker se resigno a renunciar a sus mortales proyectos, limitandose a seguirle con curiosidad. Fue una sorpresa para él verle entrar en el Banco de Texas. No suponia que un hombre tan rico como él tuviese necesidad de desplazarse desde Austin para extraer dinero, y sospeché que su visita tenia una mas honda trascendencia. Amparado en su disfraz, subi6 tras él rozandole las espuelas, y asi pudo comprobar que, en lugar de dirigirse a las ventanillas de pago, se encaminaba al despacho del director. Jim habl6 un momento con el empleado vigilante, y poco después era introducido en el despacho del director. El nombre de Texas era una especie de «abrete, sésamo», y en cualquier sitio se le recibia con preferencia al ser anunciada su visita. El director del banco le hizo sentar frente a él, y Texas se apresur6 a advertir: —Conste que, de momento, mi visita es extraoficial. Creo que me he adelantado a los acontecimientos, pero lo he hecho estimando que mi gestién tiene mucha importancia. Dentro de poco recibira usted instrucciones secretas sobre el objeto de la conversaciOn que vamos a sostener confidencialmente, y entonces... El director, con un gesto, cort6 el preambulo, diciendo: —No se moleste, pues las instrucciones las he recibido hace una hora. Sé a lo que viene usted. —Me congratulo mucho. Quise orientarme un poco antes de emprender la gesti6n oficial, y por eso vine a San Antonio. Si esta usted informado, tanto mejor. —Lo estoy, y me tiene a sus 6rdenes. —Bien; no pretendo mas que conocer un poco las interioridades del banco y saber qué medidas tiene usted tomadas para el traslado del oro y quiénes son los que van a intervenir en las operaciones. —Pues todas las personas que en menor cantidad sea posible. Desde luego, para el embalaje del oro verdadero _ solo intervendremos mi secretario, un cunado mio en quien tengo la mas absoluta confianza, y yo. Vendremos por la noche, nos dedicaremos a ir preparando todo y nadie sabra una palabra del cambi6é de cajones, a menos que sea adivino. —Cuantas cajas habra que transportar? —Doce. Abultan un poco, y, aunque parecen de madera, estaran cConniclooolks C@©