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Pulp Fiction, 1940 · page 31 of 103

Aventuras de Jim Texas — page 31: what you’re looking at

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Aventuras de Jim Texas — page 31: Pulp Fiction, 1940

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ropas sucias y el desaliento en el semblante, le informaron de manera incoherente de cémo todo habia fracasado, por ser sorprendidos, por la espalda por los soldados, que, segtin los places, debian hallarse muy lejos del lugar de la refriega en aquellos momentos, y cOmo, merced a su ayuda y a la de unos elementos extranos que habian intervenido en ella, se encontraron dentro de una trampa, de la que mas de la mitad no habian conseguido salir, quedando en ella para siempre. Fl furor de Brigham fue infinito. Casi se arrancé las barbas a furiosos tirones, y con voz de trueno pregunto: — Donde esta ese maldito gentil que ha dirigido la operacién? —No lo sabemos, senor; le hemos visto dirigiendo el ataque, pero ignoramos si ha conseguido salvarse de aquel infierno. —Bien; los heridos, que se curen; los que no, formad un retén de ocho o diez hombres decididos y bien armados y esperad fuera: Si viene ese maldito y os llamo, estad atentos a mis 6rdenes. Basta con que yo diga «retiraros», para que os lancéis sobre él, desarmandole y amarrandole reciamente. Espero que tenga que colgarle a su regreso, si sus explicaciones no me dejan satisfecho, y creo que no me dejaran. Los mormones, rabiosos, se retiraron, con satisfaccién. Aquella orden significaba que alguien iba a pagar caro el precio de la derrota, y se alegraban que fuese aquel intruso autoritario, al que no miraban con buenos ojos por no pertenecer a sus ideas y raza. Rapidamente fueron llegando nuevos elementos, que con sus detalles aumentaban el cuadro terrorifico de la catastrofe. Brigham adivinaba que habia perdido lo mejor de sus hombres y que iba a quedar privado de todo intento de accién violenta mientras no pudiese reclutar nuevos elementos de lucha, cosa que le haria perder un tiempo precioso... Por fin, lleg6 alguien anunciando que entre un grupo que habia conseguido romper el fiero cerco se habia salvado Zenker, y el mormon rechin6 los dientes con salvaje alegria al ponderar que le iba a caber la satisfaccién de poderle castigar por sus propias manos. Minutos después apareci6 en la cueva Zenker. No podia negarsele que se habia portado valientemente, a tono con su crueldad y sus instintos. Llevaba el traje destrozado y mostraba a la cConniclooolks C@©