Pulp Fiction, 1940 · page 26 of 103
Aventuras de Jim Texas — page 26: what you’re looking at
A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.
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—jNo me callaré aunque me deshagas a tiros, sapo amarillo, maldito sea todo tu esqueleto!... Dame agua, u os juro que voy a derribar las paredes de esta maldita madriguera y os voy a enterrar entre los pedazos, después de llenaros las tripas de penascales gordos como mi maldita cabeza... El centinela se asomé rabioso con el rifle empunado amenazando a Nino, quien le miraba con ojos extraviados, y gruno: —jCallate ya, mejicano pelao del infierno! Si sigues gritando, te aplicaré otro culatazo en esa maldita cabeza de coco que posees, a ver si consigo saber lo que tienes dentro... Nino, fuera de si, iba a replicar, cuando el resplandor de una luz que se acercaba le obligé a enmudecer, y, lleno de curiosidad, clav6é sus extraviados ojos en el hueco de la cueva. El centinela se apart6 a un lado, y en la entrada aparecieron tres tipos grandes y barbudos. Uno de ellos portaba un farol de aceite, otro dos, enormes revélveres empunados fieramente, y el tercero, vestido con una gruesa zamartra de piel de carnero, un pantal6n de gamuza y unas altas botas que le llegaban a la rodilla, lucia al cinto también dos impresionantes armas. El tipo se adelant6, diciendo: —Ayudadle a levantarse. Aflojadle un poco las ligaduras de los pies para que pueda andar, y si hace el mas leve gesto de resistencia, aplicadle dos tiros en la cabeza. Nino, comprendiendo que esta vez no podia apelar al mismo truco que la anterior, se mantuvo tenso, y la cuerda que le cenia los tobillos qued6 floja para permitirle avanzar aunque fuese a un paso corto. Le pusieron en pie, y cuando se levant6 sinti6 que la cabeza se le iba a causa de los mareos producidos por el golpe, pero rabioso porque no se rieran de él al verle flaquear, hizo un esfuerzo de voluntad y se mantuvo tieso. —Vamos —ordeno el que parecia jefe—. El patriarca quiere hablarte. Nino sinti6 gran curiosidad al oir la orden. Desconocia al jefe de los mormones, y se alegraba verle alguna vez. Se decia que si le hubiesen dado una facilidad para apretarle el cuello antes de morir, iria mas tranquilo a la tumba. Al ir a avanzar volvi6 la cabeza, y el brillo de unos ojos feroces cConniclooolks C@©