Pulp Fiction, 1940 · page 66 of 103
Aventuras de Jim: Texas—Los Angeles del Averno — page 66: what you’re looking at
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Y echo a correr pasillo adelante, dejando a Born al cuidado de los caidos. Realmente, ninguno era peligroso. Tres se debatian entre espasmos de agonia, otro habia muerto, y el que sufriera la quemadura se retorcia en tierra sin apenas darse cuenta de lo que sucedia alrededor. Texas descendié como una flecha por la escalera, pero al llegar al final de ella se par6é en seco. Dentro de la herreria se estaba celebrando una lucha impresionante, que le oblig6 a detenerse para contemplarla. Lorit no habia contado con Nino, que vigilaba como un lobo la salida, y el mejicano, apenas vio surgir al herrero con aquel gesto de loco y las huellas de las quemaduras en el rostro, adivind que habia conseguido fugarse, y se interpuso ante él, deteniéndole bruscamente en la puerta con su pesado cuerpo. El choque fue brutal. La fuerza inicial de la huida oblig6 a Lorit a golpear con fuerza sobre el duro armazon del mejicano, rebotando en él como si se tratase de una piedra, y, rabioso al ver obstruida la salida por aquel obstaculo con el que no habia contado, se revolvi6, aferrando un recio martillo, dispuesto a abrirse paso, de modo sangriento. Pero ya Nino se habia arrojado sobre él, deteniendo en el vacio el golpe mortal. Sus dedos de acero apretaron la dura muneca de Lorit hasta obligarle a emitir un rugido terrible, y le empuj6é hacia adentro. Pero la fuerza de la desesperaci6n centuplicaba las fuerzas del mormon, que se resistia a ceder, y una lucha tremenda se entabl6 entre ambos, lucha en la que Nino se vio obligado a realizar esfuerzos nada comunes para reducir a aquella fiera. Le habia obligado a soltar el pesado martillo, pero el herrero se defendia con brazos, pies y dientes, tratando de deshacer la presién agobiante que sufria. Nino, al sentir sobre sus carnes los agudos cuchillos de los dientes de su enemigo, rugi6 a la par que él y, en un arranque supremo, consiguiO aplastarle contra la pared, al tiempo que le clavaba la rodilla en el vientre con tal ira, que los huesos de la espina dorsal del herrero crujieron brutalmente y su silueta se encorvaba hacia adelante entre berridos de locura. cConniclooolks C@©