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Pulp Fiction, 1940 · page 33 of 103

Aventuras de Jim: Texas—Los Angeles del Averno — page 33: what you’re looking at

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Aventuras de Jim: Texas—Los Angeles del Averno — page 33: Pulp Fiction, 1940

A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.

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Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

el enorme desierto, uno de los mas repelentes y duros de cruzar de todo el continente. Era una enorme extension alcalina de sesenta y ocho millas, de suelo duro, inflexible, cenizoso, bajo la amenaza de un sol implacable. En aquella época sdlo existia en toda su enorme extensidn una estaci6n de agua situada al promedio del desierto, una especie de gran pozo artificial, que los mormones renovaban con odres conducidos en carretas de bueyes, bajo un sol de justicia, y estremecia pensar lo que representaba aquel esfuerzo en seres humanos y bestias para hacer el recorrido. Durante cuatro horas el tren se desliz6 a lo largo del desierto, entre el ahogo y la asfixia producidos por el polvo alcalino, que adquiria tonalidades carmesi. El aire en bandazos lo arrancaba de la tierra para batir el tren de costado, y aunque las ventanillas iban bien cerradas, los viajeros sentian el azote del polvo, que resecaba y agrietaba sus labios y ponia en sus gargantas un hipo de angustia infinita. Nino, con los ojos muy enrojecidos, gruno: —jMaldito sea el gran desierto y toda la raza de los mormones, sin dejar fuera al cerdo de su jefe! Bueno; creo yo que si cazasemos a ese pringao de Zenker y le dejaramos atado una semanita a un poste clavado en este vergel, nos habriamos cobrado con creces todas las pringadas que nos ha hecho. Texas, a pesar de su dureza, se estremecio al ponderar la idea. Cualquier tortura que se inventase para aplicarsela a su odiado enemigo seria palida comparada con la idea vertida por el mejicano. Sombriamente, afirmo: —Has tenido un acierto, Nino. Te prometo que, si le cazamos vivo, ése sera el castigo que le hagamos sufrir. —Bueno; y yo te prometo pasarme cuidando de él todo el tiempo que tarde el diablo en arrancarle el alma del cuerpo, aunque al final resista mas que yo y tenga que acompanarle en el viaje. Cuando llegaron a Garfield, a unas treinta millas de la ciudad, Texas dijo: —Vamos a apearnos y a quedarnos aqui hasta que llegue el tren ganadero que nos sigue con nuestros caballos. — Por qué? —Pregunt6é Born—. Podemos esperarle en Salt Lake City. cConniclooolks C@©