Pulp Fiction, 1940 · page 95 of 103
Aventuras de Jim Texas: Lo que no pueden las armas — page 95: what you’re looking at
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de las escaleras para casos de incendio. Quiza todo estuviese vigilado, pero sdlo apurando aquella posibilidad podia intentar salvarse. Salt6 la balaustrada y se aferrd a la escalerilla volada, descendiendo por ella. Dos pisos por debajo, las terrazas se corrian mas a la derecha, y gan6 una de ellas para alejarse de la casa de Belle a la contigua. Cuando llegé al borde de la terraza, observ6 que podia ganar otra cercana arriesgandose a dar un salto un poco peligroso, pero la situaci6n no le permitia dudar. Elasticamente salt6, ganando la otra terraza. Descendio por la escalerilla de incendio, y, debajo, observé que habia un patio humedo, en el que se apilaban bastantes cajones y barriles. Debia pertenecer a alguna taberna o bar. Salt6, escondiéndose tras los cajones. Poco después sinti6 pisadas, y amartill6 el revolver, pero desde su escondite observ6 que varios individuos penetraban en un pequeno cobertizo destinado, segtin pudo observar, a guardarropia. Esto podia ayudarle a resolver la situacion. Rapidamente empezo a transformarse. Habia pensado muchas veces en la necesidad de tener que hacerlo, y estaba preparado para ello. Se arranco la barba y la peluca, y las escondi6 entre la lena. Las gafas azules fueron substituidas por unos lentes de cristales dobles con montura de concha. Su chaqueta negra, vuelta del revés, se convertia en una gris, y, desaparecidos los botines, que también escondi6, los zapatos parecian ser otros. Del pecho extrajo una gorra de ancha visera, que se cal6é tapandose a medias los ojos, y la transformacion sufrida fue tal, que resultaba dificilisimo reconocerle. Satisfecho salt6 cruzando el patio y pas6é al vestuario. Poco después, dos individuos mas penetraban, y Zenker se entretuvo para salir al tiempo que ellos. Por un pasillo salieron al bar, amplio y atestado de publico. Nadie habia fijado su atencién en él, y Zenker, con la garganta reseca, pidio una jarra de cerveza, que apur6 de un sorbo. Luego atascO su pipa, y cuando tres clientes abandonaban el establecimiento, se aventuro a salir confundido con ellos. Ya en la calle, eché un vistazo furtivo a lo largo de ella. Varias cConniclooolks C@©