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Pulp Fiction, 1940 · page 89 of 103

Aventuras de Jim Texas: Lo que no pueden las armas — page 89: what you’re looking at

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Aventuras de Jim Texas: Lo que no pueden las armas — page 89: Pulp Fiction, 1940

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Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

encerrado en el cuarto de su hotel, examinando los preciosos documentos. El bast6n, completamente hueco, encerraba varios rollos de finisimo papel, con datos inestimables. Los grandes jefes estaban relacionados minuciosamente, indicando sus senas y actividades mundanas. Habia bocetos de grandes planes para estudiar, y llevar a la practica, indicaciones de quiénes conservaban las listas de afiliados segun las zonas en que estaba dividida la secta, y, por ultimo, una relacién con los afiliados del sector Norte, en el que entraba Washington. Zenker, febril, lo examinaba todo con profunda atenci6n, y cuando tuvo la lista en sus manos record6 la filiacién de Belle y quiso comprobarla, pero al llegar al ntimero indicado se sintié defraudado. Aquél correspondia a un tejedor de un pueblo de Maryland, que nada tenia que ver con Belle. Por un momento pens6é que Harnold se habia equivocado al darle el ntimero, y repaso la lista de arriba abajo, sin encontrar el nombre de Belle. Esto le oblig6 a dar un salto nervioso, y con rabia tomo el auricular del teléfono, dispuesto a llamar al diputado y darle cuenta del descubrimiento. Su instinto le advertia que estaban siendo objeto de una traici6n, y, aterrado ante la perspectiva de que asi pudiese ser, queria advertir a Harnold a toda costa. Pero su rabia se vio aumentada al observar que el aparato no funcionaba. En aquella época, el teléfono, atin imperfecto, solia sufrir averias continuamente. Exaltado, recogi6 los papeles, los guard6 en el hueco del bast6n, atornillando éste, y decidié bajar al recibidor para hablar desde el aparato central, pero también se vio defraudado. Existia una averia en la linea y ningtn aparato funcionaba en el hotel. Pero los diez minutos que habia perdido en el intento decidieron el rumbo de su vida. Mientras Zenker habia estado examinando los papeles, alguien oculto en la habitacién contigua seguia sus movimientos a través de un agujero practicado en el tabique, precisamente en la roseta que servia de adorno al friso, y cuando Zenker salid para bajar a la planta inferior a tratar de emplear el teléfono de alli, el curioso vecino sali6 rapidamente al pasillo, abriéd la puerta con una llave falsa que tenia preparada y, tomando el cConniclooolks C@©