Pulp Fiction, 1940 · page 30 of 103
Aventuras de Jim Texas: Lo que no pueden las armas — page 30: what you’re looking at
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Y brevemente le explic6é su idea. Snock llam6 a Harnold, y cuando éste se encontr6 al aparato, dijo: —FEscuche, senor Harnold he leido la prensa de esta manana, y sus comentarios me han inspirado viva inquietud. Un hombre que se ha colocado en situacién tan desventajosa con un enemigo tan terrible, tiene la vida pendiente de un hilo, y si usted la perdiera se culparia al Gobierno de ser el causante de ello. En vista de la situaci6n, y mientras nosotros obramos para conjurar el peligro, hemos decidido velar por su seguridad, para que el hecho de ayer tarde no se repita. Inmediatamente enviaré unos cuantos policias que se situen dentro del jardin de su casa para evitar que pueda ser asaltada y procedan a identificar a todo el que pretenda penetrar en ella, registrandole minuciosamente. Fuera de la finca, un cord6n de policia vigilara también con celo, y cuando salga usted de su domicilio le seguira una fuerte escolta. Un hombre de su valia no puede quedar a merced de un enemigo tan terriblemente tragico y audaz como son los miembros de esa miserable secta. Harnold recibié el mensaje cuando se encontraba discutiendo los planes a seguir en compafifa de Zenker. Este captaba la vibracién de la voz del secretario sin perder palabra, y, al igual que Harnold, se sentia invadido de una rabia sorda. El diputado, adivinando que aquel aparato de fuerzas era tanto como tenerle preso de una manera disimulada, y ademas cortarle toda clase de movimientos en un instante tan critico como aquél, puso el grito en el cielo, y, rugiendo como un toro, replicé: —Oiga, senor Snock le agradezco mucho su interés, pero soy mayorcito de edad para saber cuidar de mi mismo. Creo que todo ese aparato de fuerzas debian emplearlo ustedes en descubrir a los elementos de la secta para acabar con ellos. Haganlo asi y déjenme en paz, porque rechazo toda protecci6n oficial. Snock, sonriendo divertido al oir bramar a su enemigo, repuso: —No se preocupe, que para detener a un ejército de sapos con capucha nos sobran elementos. Siento no poder colaborar con su imprudencia, pero el valor ciego a nada conduce, usted lo sabe. Ayer, pese a su valor, sin la oportuna intervencioén de los que se apresuraron a rematar a su presunto asesino, nada hubiese usted podido evitar, en el caso de que realmente hubiesen tratado de cConniclooolks C@©