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Pulp Fiction, 1940 · page 22 of 103

Aventuras de Jim Texas: Lo que no pueden las armas — page 22: what you’re looking at

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Aventuras de Jim Texas: Lo que no pueden las armas — page 22: Pulp Fiction, 1940

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escondidos en su manga el Gobierno para asegurar tales cosas. Se hallaba en ascuas y estaba deseando salir de alli. Le faltaba el aire, se sentia como dentro de una prisié6n invisible y se preguntaba también, con angustia, si la anénima amenaza del papel que atin conservaba entre las manos no seria una amenaza falsa y si, a pesar de sus esfuerzos, seria detenido a la salida. La sesién fue levantada y los diputados, en amplios corrillos, comentaban apasionadamente el inesperado debate desarrollado. Texas, dando con el codo a Born, dijo: —Creo que podemos irnos. La cosa no ha salido tan brillante para Harnold como él habia supuesto en un principio. Lo que no me explico, es en qué se habran apoyado para hacer esa promesa tan tajante de que en el término de una semana volveran aqui con la solucion. —wNi yo. Acaso se decidan a obrar por la tremenda. —No lo creo. Son mas prudentes que todo eso. A lo mejor, es que han confiado demasiado en nuestras pobres fuerzas. Si ha sido asi, presiento que nos van a poner en el mayor de los aprietos. —Y yo, pero comprendo que no tenian otra salida. Sin esa cometa que han lanzado, no sé lo que hubiese sucedido aqui de provocarse una votacion. De repente, Texas, que habia echado una mirada al hemiciclo, descubriendo al Harnold que agitaba violentamente los brazos ante un grupo de admiradores, volvi6 a sentirse animado por otra idea diab6élica y dijo: —Sigame, Born. Voy a gastarle una cuchufleta sangrienta a nuestro amigo Harnold. Presiento que le va a causar mas impresi6n que si le aplicase el hierro de marcar un ternero. Born se soliviant6é al oir a Texas, pero le sigui6, acariciando en su bolsillo la culata del revdélver. Texas se acerco al grupo y abriéndose paso, tendié la mano al habil diputado, diciéndole con una sonrisa enigmatica: —Le felicito, senor Harnold. Ha estado usted estupendo. —Lo cree usted asi? —pregunt6, halagado, Harnold. —Cd6mo no? Ha sido la pieza oratoria mas habil que yo he oido en los dias de mi vida. —Muchas gracias, senor... —Texas. Soy el capitan Jim Texas, para servirle. cConniclooolks C@©