Pulp Fiction, 1940 · page 100 of 103
Aventuras de Jim Texas: Lo que no pueden las armas — page 100: what you’re looking at
A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.
📄 Transcribed text from this page (OCR, searchable)
Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.
diputados. Asegurar que todos los jefes estaban presos, aunque sdlo faltasen tres, era un triunfo tremendo y una labor de titanes descubrir aquellas cabezas visibles, pero ocultas en el mas absoluto anonimo. Harnold tuvo un momento de terrible panico, pero, creyendo que era un bluff, exclam6, irdénico: — Puede el Gobierno darnos los nombres y el ntmero de jefes que dice haber detenido? ¢Cuantos son? ;Media docena? —Son seiscientos y pico, senor Harnold... ¢No lo sabia su senoria? —Por qué lo habia de saber yo? —Por muchas razones... Como digo, estan todos menos tres, entre ellos el jefe supremo, y si ya no han sido detenidos no fue por ignorar quiénes eran, ni dénde estaban, sino porque su condicién social les hace inmunes mientras la Camara no acuerde proceder a detenerlos, ya que los tres pertenecen a ella. La aseveracion produjo un escandalo terrible, y cientos de voces gritaron: —jQue se digan sus nombres! jEsto es inicuo! —Se diran. Uno, es el senor Albert Lee, diputado por Alabama; el otro es Freddy Lodge, diputado por Carolina del Norte, y el otro, el gran jefe de la secta, el responsable de todos los crimenes llevados a término por «Los Hijos del Diablo», es el senor Gregory Harnold. El escandalo fue terrible. Los acusados, de pie en sus escanos, protestaban rojos de indignaci6n. Harnold no sabia si intentar una huida desesperada o mostrarse cinico, pero, comprendiendo que la unica posibilidad era apelar a la ironia, rugio: —jSenor ministro! Es muy espectacular acusar a la gente; hace tiempo, no sé por qué causa, he observado que se han insinuado sospechas absurdas sobre mi, que ahora alcanzan a_ otros companeros honorables de escanho; pero lo que hacen falta son pruebas... sD6nde estan? El ministro se inclinéd, y, tomando un bast6n de golf que tenia escondido, afirmo: —Aqui, senor Harnold. ¢No lo sabia usted? Harnold perdio el color al descubrir el bast6n. De golpe, parecia adivinar toda la verdad. Sus enemigos, ignoraba por qué diabolicos cConniclooolks C@©