Pulp Fiction, 1940 · page 15 of 92
Aventuras de Jim Texas: Duelo a Muerte — page 15: what you’re looking at
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fanfarr6én. Me temo que nos va a estropear el viaje, creo yo. —Te lo estropeara a ti. A mi no me interesan en este momento las damas... Llegaron al vagén y Jim fue el primero en ascender, pero apenas habia alcanzado el pasillo de entrada, capt6 una voz enérgica de mujer, que gritaba con indignacion, al tiempo que una risa ronca de hombre vibraba sobre los indignados gritos. Jim se asom6 al interior descubriendo a las dos muchachas de quienes le habia hablado Nino, puestas en pie, y ante ellas, vuelto de espaldas a Jim, al viajero que acababa de ganar el vagon. Eran las tres inicas personas que le ocupaban. En el rapido vistazo que Texas echo a los viajeros, descubri6 que las dos muchachas no eran unos tipos vulgares. Vestian con elegancia y una contaria unos veintiocho anos y la otra veintitrés. La mayor era una morena de ojos negros y duros, de barbilla enérgica, de manos finas pero nerviosas, y su cabellera negra, un poco ondulada, brillaba como el ala del cuervo. Su companera era rubia como un campo de trigo, con los ojos muy azules y muy grandes y la tez blanquisima. Parecia mucho mas apocada y en sus pupilas muy abiertas se reflejaba un aire de candor que contrastaba con la fiereza de los ojos de su companera. Esta, altiva y valiente, tenia en las manos el petate del vaquero, y con acento cortante, le decia: —FEs usted un grosero y un mal educado. En el Oeste sera costumbre maltratar a la gente arrojandole bultos a la cabeza a través de las ventanillas de los vagones, pero aqui es una groseria digna de un mal vaquero como usted. El individuo reia agriamente, sin tomar en consideraci6n las quejas de la muchacha, y ésta, rabiosa ante la risa insolente de él, levant6 el brazo y arrojando a través de la ventanilla el petate, erito: —Ahora se molesta usted en bajar y lo introduce por donde lo hacen todas las personas que andan a dos pies. La accién no parecid hacer mucha gracia al vaquero, porque, dejando de reir, se adelant6 a ella, diciendo: —Oiga usted, preciosidad, me llamo Orson Lanley, aunque algunos me lIlaman "Bala rasa", y jamas he consentido a hombre ni mujer que me haga un desprecio ni una humillaci6n, por lo tanto, la que se va a apear a recoger mi equipaje y a traérmelo aqui de rodillas es usted, o le haré salir por el mismo sitio por donde ha lanzado mi petate. La joven, furiosa y valiente, grit6: —jQuisiera verlo! —Pues lo vera usted, monada, si tarda dos minutos _en.ohedecer C@©