Penny Dreadfuls, 1875 · page 361 of 400
Varney El Vampiro — page 361: what you’re looking at
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CAPITULO XLVIII LA HOGUERA Y EL CADAVER. La turba parecia, desde el primer momento, convencida de que, en lo referente a la fuerza militar, no cabia esperar consecuencias demasiado graves, porque, tratandose de una ocasiOn incapaz de despertar animosidad alguna en los soldados, o de involucrar el menor sentimiento personal, no era de suponer que quisieran ganarse una mala reputaciOn que los acompanaria durante anos. No se trataba de un motin politico, donde la diferencia de opiniones pudiera inflamar las pasiones; asi que, aunque las autoridades civiles habian solicitado el auxilio militar, se esperaba —- casi se daba por entendido entre los oficiales— que su intervenciOn se limitaria mas a una demostracion de fuerza que a otra cosa. Ademas, algunos soldados habian estado conversando con la gente del pueblo, enterandose de toda la historia del vampiro, y, no siendo precisamente de la clase mas instruida o refinada, sentian interés —mas que otra cosa— por el asunto. En estas circunstancias, entonces, creemos que la turba alborotada de la posada no tenia el saludable temor de los casacas rojas que, sin duda, se pretendia inspirarles. Por otra parte, no estaban atacando el cementerio, que en un principio era el punto principal en disputa, y por el cual las autoridades se habian mostrado tan susceptibles, ya que, si la gente comun llegaba a descubrir que podia profanar aquellos lugares impunemente, perderia el respeto por la iglesia; es decir, por la multitud de personas que viven bien y engordan en este pais gracias al negocio de la religion. Consecuentemente, aquel cementerio se convirtio en el punto principal de defensa, y fue celosamente custodiado cuando no hacia falta, mientras que la taberna —donde realmente reinaba el desorden— quedo medio desprotegida. En todas las comunidades, grandes 0 pequefias, existen siempre personas que realmente tienen —o creen tener— algo que ganar con los disturbios. A esas gentes, por supuesto, no les importa bajo qué pretexto se viole la paz publica; mientras haya alboroto y alguna excusa para irrumpir en casas ajenas, quedan satisfechas. Poder entrar en una taberna en tales circunstancias es un placer inesperado; y asi, cuando la multitud irrumpi0 en la posada con tanta furia y entusiasmo, los cabecillas llevaban tras de si a varios individuos que no pretendian llegar mas lejos que la barra, donde atacaron los erifos de licor con una diligencia que mostraba cuanto amaban los compuestos ardientes. Dejando atras a esas personas, seguiremos a quienes, movidos por una supersticiOn auténtica y un interés furioso en el asunto del vampiro, se dirigieron a la habitaci6n del piso superior, decididos a comprobar por si mismos si habia verdad en la declaracion tan alarmante hecha por la mujer que habia provocado tanta conmocion. Es asombroso lo que la gente es capaz de hacer en multitud, en comparacion con los actos que podria cometer individualmente. Por lo general, hay una calma, una santidad, una sublimidad en torno a la muerte que induce irresistiblemente al respeto, tanto en los instruidos como en los ignorantes; y, sea quien fuere el objeto de la presencia del destructor fatal, la sola conciencia de que la muerte lo ha reclamado viste al cadaver con un halo de respeto que, en vida, quiza jamas habria merecido. Precedamos unos instantes a esos furiosos alborotadores y contemplemos la camara de los muertos: esa habitaciOn que, durante toda una semana, habia sido mirada con una CONniluCEOOOlKS.€O