Penny Dreadfuls, 1875 · page 359 of 400
Varney El Vampiro — page 359: what you’re looking at
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Pero, fuera como fuese, aquello debia de ser cierto: de algun modo habia escapado de todo peligro y, con la insolencia imperturbable que le era propia, sin duda habia encontrado en este mensaje la manera de comunicarlo a los Bannerworth. La insolencia del criado era, sin duda, algo acordado de antemano, aunque el individuo lo hubiera ejecutado con entusiasmo. En cuanto al desenlace de la aventura, claro esta, no habia sido calculado; pero, como suele ocurrir con los instrumentos de la soberbia o la ambicion ajenas, la insolencia del subordinado habia recibido tanto su propio castigo como el de su amo. Sabemos lo suficiente de Sir Francis Varney como para estar seguros de que consideraria todo esto como un buen chiste, mas que otra cosa. Asi que, con el mal rato que paso en casa de los Bannerworth y la falta de simpatia que seguramente encontraria de vuelta, ese criado no tenia nada que celebrarse mas que el triste recuerdo de su ingenio. {Pero estaba la multitud satisfecha con lo ocurrido en el cementerio? No lo estaba. Y esa noche iba a ser testigo de un lamentable atropello, sin paralelo en la historia de la época. La noticia del hallazgo de un ladrillo en el ataud del carnicero, en lugar del cadaver del difunto, se difundi6 pronto como informacion alarmante por todo el lugar; y la conclusion obvia que todos sacaron fue que el carnicero estaba, sin duda, convertido en vampiro, y fuera en ese mismo momento en alguna expedicion cuando su ataud fue registrado. Como habia salido originalmente de aquel receptaculo para los muertos era, sin duda, un misterio; pero la historia no perdia nada por ello. De hecho, un individuo ingenioso encontr6 una explicacion para esa parte del asunto porque, segun dijo, nada era mas natural que esto: cuando moria alguien con capacidad de convertirse en vampiro, otros vampiros que lo Supieran acudian, lo desenterraban y lo tendian bajo los frios rayos de la luna hasta que adquiria la misma vitalidad que ellos poseian y se unia a su horrenda fraternidad. A falta de una explicacion mejor —y, después de todo, no era una mala—, esta teoria fue aceptada de forma general, y con un escalofrio de horror la gente se preguntaba cuantos ataudes, si se excavara todo el cementerio, se encontrarian vacios de los muertos que las mentes mas simples crefan que yacian en ellos.' La presencia, sin embargo, de un cuerpo de dragones hacia el atardecer impidio de manera efectiva cualquier nuevo ataque contra el sagrado recinto del cementerio, y resultaba extrano y sobrecogedor ver aquel pueblo bajo vigilancia militar, con centinelas apostados en sus edificios principales. Esta medida sofoco la sed de venganza de la multitud y asegurd6, por un tiempo, la seguridad de sir Francis Varney; pues ningun grupo numeroso podia reunirse para atacar de nuevo su caSa sin ser seguido, de modo que tal intento no se Ilev6 a cabo. Sucedi6, sin embargo, que ese mismo dia debia celebrarse el funeral de un joven que se habia alojado por un tiempo en el mismo meson donde, por primera vez, se present6 al lector al almirante Bell. Se habia enfermado de gravedad y, tras unos pocos dias de !5> A medida que la turba se descontrola, Rymer comienza a desarrollar la historia de la destruccién aceptada, ritualizada y socializada. Ya en la Edad Media, las turbas se descontrolaban en su busqueda de exterminar a los presuntos vampiros. Los asesinatos, los incendios provocados y los estragos se volvieron tan descontrolados que los gobernantes se vieron obligados a restringir a los aldeanos que exhumaban los caddveres de supuestos vampiros. Desde el emperador Carlomagno del ano 800 d. C. hasta la Rumania del siglo XIX, los gobernantes se vieron obligados a ordenar a su poblacion que dejara de excavar las tumbas de los muertos para empalar o quemar a los presuntos vampiros, ya que tales actividades con frecuencia conducian a la muerte de personas inocentes y a la destruccion de bienes valiosos (Bunson 151). CONniluCEOOOlKS.€O _~