Penny Dreadfuls, 1875 · page 318 of 400
Varney El Vampiro — page 318: what you’re looking at
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Sir Francis Varney palidecio y se mostro agitado; de inmediato se volvio y, sin dedicar la mas minima palabra a nadie, se interno en el bosque que se extendia entre él y su casa, dejando a la multitud sumida en gran alboroto. El senor Marchdale no quedo indiferente ante aquel suceso, pero mantuvo su posicion junto a Henry Bannerworth, el almirante y Jack Pringle, hasta que la turba Ileg6 muy cerca de ellos, gritando y profiriendo amenazas de venganza y muerte de todas las clases imaginables contra el impopular vampiro. Mientras se produce la llegada de esos furiosos habitantes del pueblo, relataremos en pocas palabras cOmo pudo surgir tan repentinamente un conjunto de circunstancias que trajeron a Varney un grado de peligro personal que, hasta ese momento, parecia muy poco probable. Ya hemos dicho que solo habia una persona, fuera de la familia Bannerworth, capaz de aportar algo verdaderamente concreto sobre los singulares e inexplicables sucesos ocurridos en la Mansion, y que esa persona era el senor Chillingworth, un individuo nada proclive a volverse locuaz sobre el tema. Pero jay! los mejores hombres también tienen sus debilidades, y lamentamos decir que, en esta ocasion, el senor Chillingworth olvid6 por completo aquella admirable discreci6n que solia caracterizarlo, convirtiéndose asi en la causa del tumulto popular que ahora habia alcanzado semejante intensidad. En un momento de descuido y confianza se lo cont6 a su esposa. Si, este hombre realmente sensato, de quien no cabria esperar semejante acto de espantosa indiscrecion, le contoé a su esposa absolutamente todo acerca del vampiro. Pero asi es la naturaleza humana: combinada con firmeza y capacidad de razonamiento, que uno creeria escudos invulnerables, siempre aparece alguna debilidad que desconcierta cualquier calculo. Tal fue la de Chillingworth. Es cierto que advirtio a la senora que guardara el secreto y le explico el peligro de convertir al senor Varney —-el vampiro— en tema de conversacion; pero tanto habria valido pedirle a un huracan que, por favor, dejara de soplar, como pedirle a la senora Chillingworth que mantuviera un secreto. Por supuesto, ella estall6 en las declaraciones habituales: «;Y a quién habria de contarselo? ,Acaso soy de ir por ahi contando cosas? {Cuando veo yo a alguien? j Nunca, quiza una vez por afio!». Y luego, cuando el senor Chillingworth sali6 de casa como el rey de Otaheite’* invité a los vecinos a tomar el té. Bajo solemnes promesas de discreciOn, dieciséis damas quedaron esa misma tarde enteradas de todos los interesantes detalles del ataque del vampiro a Flora Bannerworth, asi como de todas las pruebas que inculpaban a sir Francis Varney como aquel sanguinario individuo. Cuando pensamos que esas dieciséis damas multiplicarian su informacion por unas veinticuatro cada una, nos perdemos por completo en un mar de aritmética y nos vemos obligados a concluir, con toda franqueza, que en veinticuatro horas no quedaba un solo habitante en todo el pueblo que ignorase los hechos. En la mafiana anterior al duelo proyectado, reinaba una agitaciOn inusual en las calles. Las personas conversaban en pequefios grupos, gesticulando con viveza. jPobre sefor Chillingworth! El era el tnico ignorante de las causas de aquel alboroto popular; asi que se acostO preguntandose a qué se debia el inusitado ajetreo que sacudia el pequeno pueblo, pero sin sospechar en absoluto su origen. !4) Otaheite: Tahiti CONniluCEOOOlKS.€O _~