Penny Dreadfuls, 1875 · page 179 of 400
Varney El Vampiro — page 179: what you’re looking at
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otras preocupaciones que la administracion de sus tierras, la prosperidad de sus siervos y la felicidad de quienes lo rodeaban. Su muerte causo gran consternaciOn en todas sus posesiones, pues fue tan subita como inesperada: disfrutaba de buena salud y vigor hasta pocas horas antes, cuando sus fuerzas fueron abatidas por un dolor violento y una rapida enfermedad. Se celebro un magnifico funeral, que segun las costumbres de su casa tuvo lugar a la luz de las antorchas. Tan grandes y veloces fueron los estragos del mal que el cuerpo del conde pronto se convirtid en una masa de corrupcion. Todos se asombraron ante tal fenomeno y se alegraron de que el cadaver fuera finalmente depositado en la boveda familiar del castillo. Los invitados que habian acudido a presenciar el sepelio, asistir a las exequias del conde y ofrecer a la viuda sus condolencias, fueron espléndidamente agasajados durante varios dias. La condesa represento bien su papel. Se mostro inconsolable por la pérdida de su esposo y llor6 su muerte con amargura. Su pena parecia profunda, aunque apenas lograba contenerla dentro de los limites de la decencia para no ofender a sus numerosos invitados. Sin embargo, cuando todos se hubieron marchado, cuando el ultimo de ellos desapareci6 de su vista mientras miraba desde las almenas, su actitud cambio por completo. Descendio de las murallas y, con un gesto imperioso, ordend que se cerraran todas las puertas del castillo y se apostara guardia en ellas. Dispuso que se retiraran todos los signos de luto, salvo los que ella misma vestia, y luego se retir6 a sus aposentos, donde permanecio sin dejarse ver. Alli, la condesa se mantuvo sumida en profunda meditacion durante casi dos dias, tiempo en el que sus sirvientes creyeron que oraba por el alma de su difunto senor y temieron que, de prolongar su encierro, acabaria muriendo de inanicion. Justo cuando se habian reunido para decidir si llamarian a su puerta o la forzarian, quedaron atonitos al verla abrirla por si misma y presentarse en medio de ellos. —({ Qué hacéis aqui? —pregunto con voz severa. —Venimos, mi sefora... a ver... a ver SI... S1 OS encontrais bien. —Y por qué? —Porque no habiamos visto a vuestra senoria en estos dos dias, y pensamos que vuestra pena era tan grande que temimos que os sucediera algo. El entrecejo de la condesa se frunci6 unos segundos, y estuvo a punto de responder con brusquedad; pero domino su impulso y se limit6 a decir: —No estoy bien... me siento débil; pero aunque estuviera muriéndome, no os habria agradecido que interfirierais para impedirlo. Sin embargo, habéis obrado con buena intencion; no lo repitais. Ahora... preparadme algo de comida. Los sirvientes, despedidos de ese modo, se dirigieron a sus puestos con tal presteza que demostraron de sobra cuanto temian a su sefiora. El joven conde, que apenas contaba seis anos, comprendia poco la pérdida que habia sufrido; pero tras un par de dias de llanto, su pena Ilego a su fin por el momento. Esa noche lleg6o a la puerta del castillo un hombre vestido con una capa negra, acompanado de un criado. Ambos iban montados en buenos caballos y exigieron ser conducidos ante la condesa de Hugo de Verole. El mensaje fue Ilevado a la condesa, quien se sobresalt6, pero dijo: —Admitid al desconocido. Asi se hizo, y el forastero fue conducido al aposento donde la condesa se hallaba sentada. A una sefial suya, los criados se retiraron, dejando a la condesa y al extrafo a solas. Pasaron algunos momentos antes de que hablaran, y entonces la condesa dijo en voz baja: CONniluCEOOOlKS.€O