Pulp Fiction, 1981 · page 37 of 76
Llegada de un tren (Arrival of a Train) — page 37: what you’re looking at
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de correr en pos del convoy. Otros le siguieron también, olvidandose incluso de sus equipajes, pero el empeno era inutil. Pronto la oscuridad, la niebla y la tenue llovizna formaron una impenetrable cortina entre ellos y el tren nocturno, que se perdia definitivamente en la noche, dejandoles alli solos. Desalentados, jadeantes, maltrechos por el desesperado intento, se detuvieron los viajeros al borde de las vias. Se miraron entre si, mientras el trepidar de los railes se hacia mas y mas lejano, y la lluvia menuda y fria corria por sus cabellos, rastro y ropas. —Se fue —musit6 Ambler, estremecido. —Si —asintid Orwell, cehudo—. Se fue. Y eso que parecia averiado y sin maquinista. —Fs el ultimo tren nocturno de esta linea —dijo sombriamente Clemens—. Al menos pasaran ocho horas hasta que llegue otro. —Que no se detendran el apeadero —anadio ligubremente la voz de Shirley Dillman. Todos se volvieron a mirarla, sobresaltados. La hermosa y esplendida rubia permanecia alli en pie, entre ambas vias, erguida y poderosa como una walkiria, sus soberbios pechos henchidos, como si fuesen a reventar la mojada blusa, que silueteaba sus pezones nitidamente. — Por qué dijo eso? —jadeé la voz timida y rota de Hazel Knox. —Porque es la verdad, amiga mia —sonri6 duramente la rubia —. En el apeadero de Darkmoor hace anos que no se detiene ningtn tren, por una raz6n muy sencilla, que ahora explica el abandono de esa estacion. —Cual es esa raz6n? —quiso saber Orwell. — Qué les pasa a todos? —fue la sorprendente réplica de Shirley Dillman con tono sarcastico—. ¢Es que lo han olvidado todo... o no quieren recordar ninguno de ustedes? —Callese, senorita Dillman, por favor —era Ambler quien, extranamente alterado, hacia esa petici6n—. No se adelanta nada hablando de... del pasado. —Creo, senor Ambler, que empieza a ser hora de que todos nosotros, absolutamente todos, nos enfrentemos con nosotros mismos y con nuestras responsabilidades —dijo la rubia viajera con firmeza—. Olvidar el pasado no basta para enterrarlo. Este extrano viaje que hemos emprendido, me parecid yo inquietante desde el principio, cuando sus rostros todos me parecieron vagamente familiares, lo mismo que sus nombres. Yo también he querido olvidar, senores. Pero no me es posible. No sé lo que nos esta sucediendo, no sé cual es el misterio de esta aventura que estamos viviendo, con un pasaje en nuestros bolsillos que conduce a una estacién llamada Mue ue te. Pe 0. Si 5