Pulp Fiction, 1981 · page 26 of 76
Llegada de un tren (Arrival of a Train) — page 26: what you’re looking at
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yerta del hombre sentado en el asiento solitario. Connery continuaba alli, y la luz blancuzca del exterior provocaba un desagradable reflejo vidrioso en sus abiertos ojos. Descendieron los dos escalones metdalicos del vagén. Una Illuvia fina y persistente mojo sus cabellos y rostro. Miraron en torno. El panorama no era excesivamente alentador. Habianse detenido en medio de un extenso campo llano, donde se entrecruzaban las vias en un empalme solitario. Un par de luces blancas, soportadas por postes de hierro, brillaban en la noche, derramando una claridad que las vias de metal distendian hasta casi el negro infinito. El tren era como una enorme oruga oscura, detenida en las vias, herida de muerte 0, como minimo, aletargada por algun extrano mal. Desde la maquina Diesel, llegaba un acre hedor a aceite y combustible, y una humareda se escapaba de entre sus ruedas. —Creo que el rayo alcanz6 la maquina —coment6d Ambler, sombrio—. Tiene senales de estar averiada. Tal vez el pobre diablo que conducia este tren, esté tan muerto como Colin Connery. —FEs posible —admiti6d Orwell —. Pero al menos, seria una muerte con explicacion lé6gica. La de Connery, no lo es. —De acuerdo, pero ;qué puedo decirle yo? —se quejé Ambler, encogiéndose de hombros—. Sé tanto como usted de todo esto... —Veamos si nuestro amigo el interventor anda por aqui, al menos —senal6 Orwell, moviéndose hacia la maquina, a lo largo de las vias. Ambler le sigui6, tras una indecisi6n. Su modo de mirar al vag6n, le hizo comprender a Kevin que el hombre dudaba en dejar sola a su companera, y alejarse cada vez algo mas de ella. Se pregunt6 si lo que haria por miedo o por conveniencia propia. La muchacha pelirroja no parecia demasiado feliz junto a él, esa era la verdad. Alcanzaron la maquina. Miré Orwell hacia adelante, pero en la zona habia una densa niebla que hacia dificil ver en la distancia. Las vias del ferrocarril se sumergian en esa niebla como en una dimension desconocida para ellos. De pronto, el sobresalto les atenaz6, helando su _ corriente sanguinea por un instante. Una sombra humana, silenciosa y extrana, habia emergido ante ellos, como brotando de la maquina silenciosa y quieta. —Ustedes aqui, senores? Me alegra que hayan bajado. Lo cierto es que no van a adelantar nada explorando todo esto... — Naturalmente, se trataba del interventor. —Fso es asunto nuestro —cort6 agriamente Ambler— ;Cdémo esta el maquinista? —No esta. —i Qué? —Sencillamente eso: no esta. No hay rastro de él di tro. de_la. .