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Pulp Fiction, 1981 · page 18 of 76

Llegada de un tren (Arrival of a Train) — page 18: what you’re looking at

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Llegada de un tren (Arrival of a Train) — page 18: Pulp Fiction, 1981

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que no funcionan. Lo que yo decia. Estos trenes son una vergtienza, senores. Asinti6 Orwell sin demasiado entusiasmo, y contempl6 a las dos mujeres. La pelirroja parecia bastante mas asustada desde que oyera el grito del viajero del compartimento vecino, que la vigorosa y espléndida rubia, al parecer completamente tranquila y duena de si en todo momento, igual que el enlutado Osmond, interesado al parecer en contemplar el centelleo frecuente de los relampagos mas alla de la ventanilla. —Vaya nochecita —coment6 el joven Orwell—. Si llego a saberlo, hubiese viajado cualquier otro dia. —No tiene ninguna urgencia que motive su viaje? —se intereso e! mas locuaz de sus companeros, guardando el periddico en un bolsillo de la chaqueta de napa. —No, ninguna —Orwell se encogiéd de hombros—. Pude haberlo hecho cualquier otro dia. Ni siquiera sé por qué tuve que elegir esta fecha para desplazarme. —Dichoso usted —coment6 el otro viajero—. Yo, en cambio, tengo mucha prisa por llegar a mi destino. Me era imposible demorarlo un solo dia mas. En caso contrario, le aseguro que en la misma estaci6n me hubiera vuelto por donde vine, sin tomar este maldito tren. —Fl destino, senores, lo tenemos trazado de antemano. Y lo seguimos sin poder eludirlo, aunque otra sea nuestra voluntad. Las palabras, graves y contundentes, sorprendieron a_ todos. Orwell alz6 la cabeza. Se qued6éd mirando al que las habia pronunciado. Era, una vez mas, el interventor. Habia vuelto a asomarse a la puerta, siempre con su expresion lejana, afable y tranquila. Pero aquel hombre tenia la virtud de intrigar a Orwell. Sus palabras, sus expresiones, eran como axiomas. Contundentes, precisas, expresaban un fatalismo inexorable. Algo asi como si en sus labios todo fuese cierto, verdadero, seguro, sin asomo alguno de duda. —Yo no creo en el destino —rechaz6 vivamente ahora el llamado Osmond, el hombre del impermeable negro—. En absoluto. Cada hombre, cada ser humano, se forja su propio destino. Las cosas no estan escritas. Las escribimos nosotros mismos. — Esta seguro de eso? —el; interventor sonrid burl6n—. ¢De veras cree usted que somos duenos absolutos de nuestros actos? —Totalmente. — Que nada ni nadie puede influir en nuestro comportamiento y. nuestro destino, bueno o malo? —Exacto, senor —casi mordia, de puro enfado y beligerancia. —Me temo que se equivoca lamentablemente. omsuspire. al . inn