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Pulp Fiction, 1940 · page 68 of 87

Aventuras de Jim: Texas — La carrera de la muerte — page 68: what you’re looking at

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Aventuras de Jim: Texas — La carrera de la muerte — page 68: Pulp Fiction, 1940

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Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

permanecian serenos y fijos en un mismo lugar. Sospechaban de todo cuanto les rodeaba y giraban de continuo registrando los movimientos mas insignificantes de los que les rodeaban y sus manos, por un tic nervioso imposible de dominar, permanecian en suspenso para caer prestas sobre los revdlveres cuando no permanecian apoyadas sobre las culatas. Esto les diferenciaba de los belicosos obreros de la linea. Muchos de estos lucian armas al cinto, pero solo se acordaban de ellas cuando estallaba alguna reyerta ya que el resto del tiempo, mas parecia estorbarles en la cadera que ser algo grato para sus movimientos. Jim descubri6 todo esto rapidamente y sus ojos no dejaron de seguir insistentemente a los sospechosos, mucho mas cuando les vio reunirse en grupos de tres, sentados de forma que las mesas no entorpeciesen sus movimientos para llevar la mano con premura al Colt. Texas se desvi6 ligeramente de la mesa dejando sus piernas libres y busc6 con los ojos a Nino, que fumando su pipa como distraido, también examinaba atentamente a los indeseables. Casualmente parecieron encontrarse sus miradas. Texas guindé un ojo, Nino le contest6 y Jim qued6 tranquilo pues sabia al mejicano en guardia. Tres descocadas muchachas surgieron por la puerta del fondo. Lucian unos ajados atuendos muy llamativos, que debieron pertenecer a alguna dama de la capital arruinada o al deshecho del vestuario de una artista y fumaban con descaro echando una mirada a la clientela. Dos, eligieron victima propiciatoria. Los escogidos parecian jefes, de la linea, pues vestian con bastante pulcritud, mientras la tercera de pie en el centro del local, no parecia encontrar la pareja ideal para ella. PaseO lentamente por las mesas. Manos febriles se tendieron tratando de aprisionar las suyas o engarfiar el vuelo de su sedosa falda, pero ella a manotazos los obligaba a soltar, cuando no les echaba humo a los ojos para obligarles a emplear las manos en tarea menos divertida. Cuando paso por delante de la mesa donde se hallaba Texas, se qued6 mirandole y luego, sentandose en el borde con descoco, exclamo: —No te conozco guapo. iEres forastero? —Lo soy—respondié secamente Texas, abarcando con la mirada el salon mas que a la muchacha. (a cConniclooolks C@©