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Pulp Fiction, 1940 · page 60 of 87

Aventuras de Jim: Texas — La carrera de la muerte — page 60: what you’re looking at

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Aventuras de Jim: Texas — La carrera de la muerte — page 60: Pulp Fiction, 1940

A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.

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Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

Capitulo VIII Dos granujas no se entienden IMMY Tirrel, el socio de Zenker en la explotacién del garito «Vanity Fair», repasaba sus notas en un pequeno departamento que se habia hecho construir en uno de los lados del enorme _ barrac6én desmontable, que formaba el portatil edificio. Construido a base de un buen estudio, el barrac6n poseia un excelente dormitorio para el tahur y una especie de despacho donde trataba sus sucios negocios. Este despacho, poseia ademas una gran ventaja; tratabase de una mirilla especial por la que podia atisbar cuanto pasaba en el departamento de juego, e incluso dominar las mesas siguiendo atentamente los manejos de los crupiers. Se penetraba en estos dos departamentos por una puerta abierta ostensiblemente en el bar, pero también poseia otra disimulada a espaldas de la barraca, por la que en caso de peligro se podia huir antes de que tuviesen tiempo a alcanzar dichos departamentos por su entrada natural. Tirrel se hallaba muy ocupado en hacer ntmeros y tomar apuntes en pedazos de papel sueltos. Zenker le habia anunciado su proxima llegada a Elko y debia rendir algunas cuentas atrasadas con él. Pero Jimmy era un espiritu poco equitativo para los negocios. Cierto que debia a Zenker el capital para montar todo aquel artilugio, pero Jimmy entendia, que el cincuenta por ciento del beneficio era excesivo siendo él el que tenia que_ estar perpetuamente al cuidado del negocio y afrontar los muchos peligros que este representaba. Por ello, estaba fabricandose un estado de cuentas un tanto arbitrario, con objeto de liquidar un cincuenta por ciento, que en realidad fuese solamente un veinticinco efectivo. Tan embebido estaba en sus nimeros, que no se dio cuenta de que se abria la puerta de su despacho y en el vano, se bocetaba la recia y enérgica silueta de Zenker. Al darse cuenta, se sobresalt6 e hizo un brusco movimiento para ocultar los papeles. Zenker observ6 el gesto, pero el tahtr reponiéndose, se limit6 a amontonarlos sobre la mesa diciendo: —Me ha asustado usted un poco Zenker: No deberia entrar asi. —¢Por qué? ¢Le molesta que sorprendan sus secretas?)clpools C@©