Pulp Fiction, 1940 · page 11 of 87
Aventuras de Jim: Texas — La carrera de la muerte — page 11: what you’re looking at
A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.
📄 Transcribed text from this page (OCR, searchable)
Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.
quedaba rota su alma? Ya la vida carecia de alicientes para ella. Su inica misi6n seria la venganza y ateniéndose a este imperativo, todo lo sacrificaria a ella. Se vengaria de Texas, de Stella y... de Zenker. Este gozaria de su triunfo cobrandose de manera material su ayuda, pero cuando ya no le necesitase, cuando su deuda quedase saldada con quienes habian sido la causa inconsciente de su hundimiento, entonces Zenker pagaria también su tributo. Le mataria como a un sapo venenoso o haria con él algo tragicamente grande, que le hiciese lamentarse amargamente de la vejaci6n que le habia propuesto. Sin pararse a pensar mas, aceptd. Era tan grande su desesperaciOn, que renunciaba a todo personalmente por llevar a cabo su plan y asi, cuando Zenker regres6 en busca de la contestacion dijo sencillamente: —Estoy dispuesta a aceptar su pretensiOn, pero no olvide que estamos perseguidos. Donde demos nuestros nombres y hagamos acto de presencia, nos exponemos a dar trompetazos que alarmen a nuestro enemigo. —No es preciso hacerlo asi—dijo él temblando de alegria al saberla humillada y en sus manos—. Vd. puede dar su nombre, la inicial de su primer apellido y el segundo. Yo puedo hacer lo propio. Vea que no le propongo casarnos con nombres falsos... Con amor o sin amor, Vd. sera la esposa de Oliver Zenker, como yo seré el marido de Vera Spack. Se podra sentir humillada espiritualmente, pero me hara el honor de reconocer que dejo a salvo su dignidad social. Ella rio con amarga ironia. jSu dignidad social! ¢Pero acaso alguno de los dos podia blasonar de ser dignos? Aceptando la situacion tragica, repuso: —Bien, espero que antes me dara cuenta de sus planes. Creo que es a lo menos que, tengo derecho. —jOh claro esta! Escicheme. Por espacio de media hora, estuvo hablando. Ella le escuché con atencién profunda, sin discutir ni objetar y cuando él termin6é de hablar, pregunto: —Tiene Vd. algo que oponer? —Nada. Veo que todo lo tiene estudiado. Lo que hace falta es que no se malogre. —De eso no puedo responder; solo el diablo tiene la palabra, pero espero que reconozca que he estudiado el asunto a fondo y que lo que propongo es viable. (a cConniclooolks C@©