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Pulp Fiction, 1940 · page 83 of 102

Aventuras de Jim: Texas — page 83: what you’re looking at

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Aventuras de Jim: Texas — page 83: Pulp Fiction, 1940

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por sus valiosos servicios. Adivinaba que la muerte de Texas iba a producir un enorme revuelo y a acarrearles una persecuci6n feroz de la que en masa les seria mas dificil evadirse. Por otra parte, perdidas las esperanzas de conseguir el amor de Vera, ya nada le importaba ésta. Se hubiese vengado de ella de alguna forma si hubiese podido, pero demasiadas complicaciones tenia encima para provocar ademas una lucha con Spack, quien conocia demasiado su vida u sus recursos para no resultar un enemigo terrible. Stella fue recluida en una pequenia cueva a la que dieron guardia los tres por turno. Seguin los calculos hechos por Spack, su llegada a Sites se realizaria dos o tres horas después que ellos, ya que el tiempo a invertir en hacer desaparecer a Texas seria infimo. Las primeras horas del dia transcurrieron lentas pero tranquilas. La tardanza del financiero no era alarmante y podia haber sufrido algun ligero retraso por caminar a caballo, pero conforme avanzaba la tarde, una viva inquietud se fue apoderando de ellos. No se explicaban la tardanza y el temor se aduenaba de sus nervios, produciéndoles una viva irritaciOn. Cuando por fin lleg6 la noche, Vera estaba angustiada. El corazon le advertia que algo grave habia sucedido y se preguntaba con dolor, si Texas faltando a su palabra, no habria intentado algtn golpe audaz de los suyos liberandose antes de tiempo y luchando contra su padre y sus hombres hasta vencerlos. Esta posibilidad prendi6d en sus venas fuego de locura. Si asi habia sido, no se lo perdonaria nunca y aunque le cosiesen a tiros, juraba buscar a Texas y matarle donde lograse localizarle. Zenker que también admitia la posibilidad de un fracaso, aunque sin sospechar los motivos que Vera temia, no pudo resistir aquel silencio ominoso que reinaba entre ellos y acercandose a la joven exclamo: —Y bien, jqué sospecha usted? Vera iba a contestarle con furia, pero se contuvo. Eran momentos en que no podian permanecer desunidos y su astucia de mujer le pedia contemporizar. Angustiosamente, repuso: —No sé qué pensar, Zenker... Este retraso es alarmante. —Lo es y estoy pensando... cConniclooolks C@©