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Pulp Fiction, 1940 · page 91 of 104

Aventuras de Jim Texas: La herencia trágica — page 91: what you’re looking at

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Aventuras de Jim Texas: La herencia trágica — page 91: Pulp Fiction, 1940

A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.

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Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

cuando Texas, que poseia un oido muy fino, exclam6é: —Nino... gNo has oido nada? —No, manito, ide qué se trata? —No sé. Me ha parecido oir un rumor ahi abajo. Algo como si un cuerpo rozase. —No he oido nada, jmaldita sea Sonora!, pero aunque algun pringao asqueroso de esos ande por ahi abajo, nada puede hacer. No hay escalera. —Podian haber buscado, alguna. —Sin luz es muy dificil llegar aqui sin tropezar y armar ruido. Puede que alguno intente explorar. Espera. Empuno el revoélver y dispar6 varios tiros hacia abajo sin resultado. Tenia que haber poseido mucha suerte para poder acertar en medio de las tinieblas. Y fue una lastima para ellos que los tiros se perdiesen en el vacio, pues algo tragico se estaba incubando para desalojarles de sus posiciones y conseguir capturarles. Fué Zenker el autor de la idea y ofrecié cien ddélares al audaz que se atreviese a realizarlo. Consistia en que, a tientas, uno de los mineros se arrastrase por tierra portando un galon de petroéleo y lo derramase por el piso y los palos que formaban el tinglado. Mas tarde, cuando lo hubiese conseguido, habia mandado construir una especie de escudo de recia madera, tras el que unos hombres podian protegerse y avanzar. Su mision era alcanzar un sitio propicio para lanzar una estopa ardiendo y que el petrdleo se inflamase prendiendo fuego a los palos. Aquel escudo que les protegia podia recibir las balas de sus enemigos y una vez conseguido su propésito, se retirarian en espera de que el fuego obligase a Texas y sus companeros a arrojarse del tinglado abandonando su protecci6n. La oferta de los cien ddolares tent6 a uno de los mineros, el cual, arrastrandose con suma precaucién y tras muchos minutos de angustia, logr6 avanzar hasta tocar los palos del tinglado. Derram6 el petréleo, procurando que la madera lo recibiese también y todo lo rapidamente que le fue posible se retiré hasta encontrar la salida, no sin haber sufrido un momento de terrible angustia al sentir los disparos de Nino buscandole entre las sombras. Cuando llegé6 junto a sus companeros, Zenker, rabioso de cConniclooolks C@©