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Pulp Fiction, 1940 · page 20 of 104

Aventuras de Jim Texas: La herencia trágica — page 20: what you’re looking at

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Aventuras de Jim Texas: La herencia trágica — page 20: Pulp Fiction, 1940

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Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

retir6 a una de las granjas cercanas, donde al atardecer, después de la faena se reunian gran cantidad de colonos de las inmediaciones, entre ellos un buen nimero de muchachas jévenes y bellas. Nino gustaba mucho de darse importancia entre ellas y asi, cuando regresaba de alguna excursién peligrosa, se envanecia relatando sus heroicas hazanas, que aun siendo heroicas, él gustaba de aumentarlas, pues le parecian nimiedades relatadas con verosimilitud. Asi, aquella tarde, sentado en un poyo de piedra y teniendo un gran auditorio alrededor, les relataba una de sus innumerables hazanas, complaciéndose en ensalzar la figura de Texas, pero no quedando atras en realzar su intervencion. —Fué algo grande, jrepinto! —decia—. Figuraos que nos rodeaban cuarenta forajidos, mandados o asi por uno de los pistoleros mas nombrados de Tejas. Nosotros creo yo, estabamos refugiados detras de unos pobres penascos disparando como fieras, pero ellos, ademas de ser muchos, montaban a caballo y galopaban como diablos tratando de rodear los penascales para acribillamos a tiros. “El jefe, sobre todo, montaba un caballo precioso. Grande como un farall6n y ligero como el viento. Un caballo muy rechulo, que a mi se me habia encaprichado o asi y el animal parecia comprenderlo, porque, jrepinto! no hacia mas que pretender acercarse a mi relinchando con alegria. Era un caballo que... gvosotros habéis oido nombrar el caballo del senor Atila?... Todos coincidieron en afirmar que desconocian a dicho jinete y Nino despectivo, repuso: —Sois unos idonsicrasios, como dice el patron. El senor Atila fue un forajido que mandaba una partida de hunos y que muri6 a manos de un sheriff, en un sitio que llaman las Galias, alla por Montana. Era un rufian con muchas agallas y su caballo era el mejor de todo el Oeste. —Y qué fue de su caballo? —pregunt6 uno de los oyentes. —jRepinto! ;No te estoy diciendo que lo montaba aquel jefesillo que nos sitiaba? Creo que se lo compr6é a un cuatrero por cien dolares, jtotal una porqueria!, y yo me propuse apropiarmelo para mi. “Se estaba armando un bochinche de tiros, cuando el célebre cConniclooolks C@©