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Pulp Fiction, 1940 · page 71 of 102

Aventuras de Jim Texas: La Emboscada — page 71: what you’re looking at

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Aventuras de Jim Texas: La Emboscada — page 71: Pulp Fiction, 1940

A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.

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Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

Cuando cont6é con el caballo y se convencié de que en efecto se hallaba ileso, cort6 unos trozos de manta y se los at6 a los cascos para apagar el ruido de sus pisadas y ya realizado esto, sac6é de la diligencia una cantimplora llena de agua que entregé a James, diciendo: —Llévese agua por si siente sed en el camino. Ahora no se muevan. — Qué va a hacer usted? —Alejar el caballo de aqui sin que lo descubran. Si lo perdemos, habremos perdido las posibilidades de remontar esta situaci6n critica. Déjenme hacer. Con sumo cuidado, pegado al talud para protegerse en su zona sombria y avanzando con extremadas precauciones, se fue alejando lentamente de la diligencia para alcanzar la parte baja lejos del maldito talud donde se parapetaban sus enemigos. Solo alli podia considerarle a salvo para la huida hacia San Antonio. El caballo, con la cabeza tapada y el morro muy apretado para que no relinchase y denunciase su presencia, avanz6 como una sombra y tras infinitas precauciones, Jim consiguié llevarle al lugar deseado. Lo at6 a un recio arbusto y arrastrandose regres6 junto a sus companeros. —Ya lo tiene usted alla abajo, James —afirmé—. Aléjese atin mas sin quitarle las mantas de los cascos para que no se den cuenta y trote como un rayo. No olvide que de su velocidad acaso dependa no solo salvar el oro, sino nuestras vidas. —Descuide. Seré prudente y veloz. Con hombres como ustedes tiene uno que sentirse héroe aunque no quiera. Se alej6, desapareciendo entre las sombras. Tanto Jim como sus dos companeros permanecieron un buen rato con la respiraci6n suspendida pendiente del tiempo que transcurria y solamente cuando pas6 un gran rato sin producirse nada extraordinario, respiraron con desahogo. —Bueno —dijo Texas alegremente—. Ahora mucho ojo para evitar una sorpresa y cuando amanezca, ya hablaremos con esos indeseables. Las horas que transcurrieron hasta el amanecer les parecieron siglos. Les dolian los ojos de escudrinar el desfiladero temiendo una cConniclooolks C@©