ComicBooks.com Register / Loginit's free!

Pulp Fiction, 1940 · page 62 of 102

Aventuras de Jim Texas: La Emboscada — page 62: what you’re looking at

📖 Open the full issue in the page-flip reader →
Aventuras de Jim Texas: La Emboscada — page 62: Pulp Fiction, 1940

A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.

📄 Transcribed text from this page (OCR, searchable)

Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

perseguidor. Para rastrear pistoleros hace falta... jhaber sido pistolero antes! Y rio la gracia sonoramente. Gradualmente iban ascendiendo. Se notaba, sobre todo, en el aire fresco y cortante, cargado de aromas silvestres que soplaba de cara. Bordearon peligrosamente algunas cornisas que se deslizaban pegadas a los farallones, al borde de simas mareantes que impresionaron a Zenker, y, una vez salvadas, se veian obligados a caminar por pasos estrechisimos, cubiertos de arbustos salvajes, que les punzaban al pasar aranando a los caballos y clavandoles agudos espinos en las piernas. Asi, cuando amanecia, se hallaron a una gran altura, con un paisaje quebradisimo y mareante bajo sus pies. El bandido senalo una especie de sendero pelado, que trepaba en zigzag por en medio de una montana, y dijo: —Cuando alcancemos la cima de esa montana, descendiendo por el lado izquierdo llegaremos al desfiladero. —Bien, démonos prisa —advirtid Zenker—; no quiero que nos pasen por nada del mundo. —No podran —objet6 el forajido—. La vuelta que tienen que dar con la diligencia para llegar alli es muy grande. A costa de un gran esfuerzo de los caballos, duchos en recorrer terrenos tan accidentados como aquellos, fueron reptando por la pina y sinuosa senda. Esta parecia un calvero abierto en el seno hosco de la montana, y desde lejos daba la sensaci6n de haber sido abierta por la mano del hombre para huir, Dios sabia de qué clase de peligros. Mediado el dia, se hallaban a un par de centenares de la cima, ahora mas aspera que al principio y hacia las tres la habian coronado. Un paisaje salvaje y grandioso se abria a sus ojos extendido bajo sus pies. Las montanas se apretaban unas contra otras, cerrando todo paso a la audacia de los hombres, y, solamente debajo de ellos, una ancha hendidura que serpenteaba entre la roca viva permitia el libre paso. —Ahi esta el desfiladero —dijo el forajido—. Si descendemos y nos situamos al amparo de aquel picacho, podemos dominarlo muy cConniclooolks C@©