Pulp Fiction, 1940 · page 13 of 102
Aventuras de Jim Texas: La Emboscada — page 13: what you’re looking at
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gran aparato, merma la defensa. »Yo cuento con alguien que vale tanto como yo a la hora de pelear, pero nuestras fuerzas tienen un limite y la trayectoria de una bala es un enigma. Quiero advertir todo esto, no para repudiar la mision y rechazarla, sino para eximir mi responsabilidad ante acontecimientos que escapen a mi previsiOn y a mis fuerzas. —En eso estamos de acuerdo, capitan. Nadie va a dudar de usted ante un improbable fracaso. Todos sabemos de lo que es usted capaz y si nuestros proyectos se frustran nos consolaremos seguros de que no ha quedado por la ineptitud ni la indiferencia de nadie. —Perfectamente. En ese caso, usted me dira qué debo hacer. —De momento esperar un poco. Voy a trasladar a persona de confianza a San Antonio para que se entreviste con el director del Banco y éste ultime sus preparativos que ya tiene en embrion. Es el mas interesado en sacudirse la responsabilidad que sobre él pesa y por la cuenta que le tiene hara las cosas lo mejor posible. —Perfectamente. Espero su aviso para trasladarme a San Antonio. Quiza yo, entre tanto, haga un viaje de exploracién por alli. Me interesa saber quién pulula por los antros de la ciudad, qué pistoleros destacados se mueven en aquella 6rbita y cuales pueden ser los peligros mas inmediatos. Estos detalles son precisos. —Apruebo su conducta. De toda suerte, creo que le dara tiempo para ello. Por deprisa que se lleve el asunto, atin tardaremos lo menos ocho dias en tener todo listo. —Pues a sus Ordenes, senor gobernador. Se despidié con un fuerte apret6n de manos y muy preocupado con la enorme responsabilidad que acababan de echar sobre sus hombros, se encamino al hotel, despacio, pensando en el asunto y gozando de la tibieza del sol que aquella manana era como una gloriosa caricia para la piel. Tan preocupado caminaba, que no se dio cuenta de que alguien seguia sus pasos. Tenia que haber estado muy avisado para observar aquella vigilancia solapada de que era objeto. Quien le seguia, era un tipo encorvado, vestido modestamente, sin nada que llamase la atencién. Parecia un viejo decrépito con su larga barba blanca y sus espaldas cargadas, pero en la seguridad de sus pasos dejaba adivinar que su ancianidad era fingida. Las alas de su sombrero muy curvadas sobre los ojos, no cConniclooolks C@©