Pulp Fiction, 1940 · page 90 of 102
Aventuras de Jim Texas: El monstruo — page 90: what you’re looking at
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chocando como espadas, y las unas del mormé6n empezaron a clavarse profundamente en la garganta de su enemigo, de la que broté la sangre de modo impresionante. Zenker se sinti6 morir asfixiado y destrozado. Fué una sensacion que le advirtid que por aquella vez todo habia concluido, y con esfuerzos desesperados intent6 sacudirse aquella presién, pero en vano. Aunque sus dedos se clavaban a la par en el recio cuello de Head, éste, duro e insensible al dolor, apretaba mas cuanto mas sentia en sus carnes la presién de las manos contrarias, y, poco a poco, Zenker, con la visi6n de la muerte reflejada en sus vidriados ojos, empezo a aflojar, en tanto que la sama de su enemigo iba en aumento. Pronto fue sdlo un guinapo entre los poderosos tentaculos del mormén. Este, sonriendo siniestramente, habia aflojado la presiOn, pero sus dedos lanzaban terribles tarascadas sobre el cuello de su victima, y a cada movimiento realizado sus unas arrancaban pedazos de carne que quedaban colgando de un modo alucinante. Durante varios minutos se entretuvo en aquella cruel tarea, hasta que, sintiéndose satisfecho, al parecer, apart6 sus manos y se puso en pie, contemplando a su _ victima con los _ ojos desmesuradamente abiertos. Una risa estridente y escalofriante brot6 de su garganta con roncas vibraciones, y luego, de repente, atraido por la empunadura del revolver, tird de él con furor e, introduciendo el dedo en el gatillo, dispar6 con ira sobre el cuerpo de Zenker hasta agotar el cargador. Atin se obstinaba en continuar disparando, pero cuando se dio cuenta de que sus esfuerzos eran vanos, levant6é el brazo, furioso, y de la misma manera que Zenker le hiriese a él, asi lanz6 el revélver sobre su frente, abriendo en ella una terrible brecha. Esto pareci6 calmar un poco su furia. Como un tigre en acecho, empezo a dar vueltas alrededor de su victima como si temiese que atin pudiese levantarse para pelear, y durante un buen rato no abandono aquella postura vigilante, hasta que, en una de las innumerables vueltas que dio, sus alucinantes ojos se posaron sobre el collar de piedras preciosas caido en tierra, y que al ser herido por los rayos del sol despedia irisaciones policromadas. Como una fiera se arroj6 sobre él y lo tomo delicadamente, cConniclooolks C@©