Pulp Fiction, 1940 · page 88 of 102
Aventuras de Jim Texas: El monstruo — page 88: what you’re looking at
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habia aparecido y que podia emplearlo con eficacia y rapidez para desenterrar el botin. Alegremente se dirigié al lugar donde lo tenia enterrado, y lleno de ansia examin6 el terreno. Este permanecia tal como él le dejara, y un suspiro de alivio broté de su pecho. El escondite se hallaba situado al pie de una roca de unos tres metros de elevacién, recta por aquella parte, pero en pronunciada pendiente por el lado contrario. La roca, herida por el sol de la tarde, proyectaba su sombra sobre el lugar del enterramiento, alargandose bastante mas alla. Zenker cav6 con ahinco, y al cuarto de hora empez6 a desenterrar el botin. Con la tierra surgieron algunas monedas de oro, y poco después fueron apareciendo mas, asi como las alhajas. Con mano temblorosa iba apartando a un lado las piezas, mientras separaba al otro la tierra, no sin palparla con cuidado para que no se quedase entre ésta alguna pequena alhaja, y era tal su fiebre y su ensimismamiento, que parecia ausente de aquel lugar, sin preocuparse de lo que pudiera suceder a su alrededor. Esta ausencia moral, creada por la codicia, iba a serle fatal a él, el hombre que toda su vida habia vivido alerta sabiéndose amenazado, y no ignorando que su vida dependia muchas veces del estado de vigilancia a que se habia entregado. Por una de las trochas estrechas y pinas que rodeaban el lugar habia surgido de repente una figura alucinante capaz de impresionar al hombre mejor templado. Era un tipo de estatura media, ancho y recio, fuerte como un toro, vistiendo unos harapos que impedian reconstruir el atuendo a que habian pertenecido, pues sdlo eran pingajos pendientes adheridos al cuerpo. Su rostro y su cabeza parecian los de un monstruo, pues poseia unas barbas crecidisimas y revueltas, que el barro habia convertido en fragmentos pastosos y endurecidos, y un cabello cano, desgrenado, casi en punta, que por algunos sitios parecia rojizo obscuro a causa de ciertas manchas adheridas a él. Lo que mas impresionaba eran sus ojos y sus manos. Los ojos, tragicos, grandes, dilatados por un gesto de locura, brillaban como ascuas con una luz hiriente que hacia dano al mirarlos, y sus manos, renegridas, venosas, grandes y de largas unas, parecian garras por el agarrotamiento que sufrian sus dedos. cConniclooolks C@©