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Pulp Fiction, 1940 · page 86 of 102

Aventuras de Jim Texas: El monstruo — page 86: what you’re looking at

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Aventuras de Jim Texas: El monstruo — page 86: Pulp Fiction, 1940

A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.

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Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

proveerse de algunos articulos imprescindibles para continuar la huida. Al evocar la choza, evocé al tiempo la figura del mormé6n y se pregunto qué habria sido de su cadaver. Estaba seguro de haberle dejado muerto o casi muerto, y en cualquiera de los casos no podia haber sobrevivido a la terrible herida. Lo mas seguro era encontrar su cadaver en _ plena descomposici6n, pero esto no iba a impresionarle ni a amenguar su terrible apetito. Habia visto tantos asi en su azarosa vida, que uno mas no le causaba sorpresa. Camino parte de la manana entre brenas, sin acertar a salir de aquella terrible carcel, hasta que descubrid un ctimulo de penascales bastante altos, desde los que podia registrar el paisaje, y, escalandolos con fatiga, alcanz6 la cima. Ansiosamente girO sus extraviados ojos en todas direcciones, y, al hacerlo hacia el Este, algo que brillaba al sol le sobrecogio. Se trataba de una extensa y serena extension de agua, y, tras un momento de desorientaci6n, exclamo con feroz alegria: —jEl lago!... El lago donde moria la torrentera y al que llegué por pura casualidad... Ahora ya sé donde estoy. Un viento furioso se habia desencadenado en las alturas, anunciando un aproxima tormenta. El aire silbaba siniestramente al pasar encajonado entre los penascales, y Zenker se veia obligado a realizar esfuerzos continuados para avanzar contra el viento. Una de las rafagas le cogié de sorpresa y arrancé de su cabeza el sombrero, haciéndole volar como un extrano pdajaro. Quiso recogerle, pero el adminiculo, rebotando de roca en _ roca, desaparecio y tuvo que renunciar a él. Ahora se hallaba en la senda que le habia conducido a la choza y estaba seguro de llegar a ella sin extraviarse. Usando de todas sus energias, descendi6 por las fisuras hasta salir a la senda, y, tras una buena jornada, descubri6 por fin la choza abandonada y solitaria. Con demente alegria corrié hacia ella y, dejando el caballo a la puerta, penetr6, con los ojos enrojecidos por el nerviosismo, empunando el revolver. Pero, con gran asombro suyo, la choza estaba vacia. Todo aparecia sucio y revuelto, pero el cadaver de Head habia cConniclooolks C@©