Pulp Fiction, 1940 · page 74 of 102
Aventuras de Jim Texas: El monstruo — page 74: what you’re looking at
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se perderia en Wyoming, para, desde alli, por el camino mas corto, regresar a Washington. Mientras, si libertaban a Brigham o no, le tenia sin cuidado, y si fracasaba el absurdo intento, como seguramente sucederia, se alegraria para que el odioso morm6n, que con tanto desprecio y crueldad le habia tratado, sufriese las consecuencias de su soberbia. A él lo que le interesaba era que al iniciarse la revuelta Texas y los suyos acudiesen a ayudar a sofocarla para poderles cazar impunemente, y lo demas no era mas que una bonita y sangrienta decoraci6n para dar marco y fondo a sus personales planes. Todo se llevé6 con sigilo y actividad y la labor de los espias fue tan eficaz, que cuando amaneci6 el dia senalado para dar el golpe no quedaba el mas nimio detalle por ejecutar. Y asi, cuando se acercaba la hora de que los mormones fluyesen frente a la casa de Los Leones para organizar la manifestacion. Zenker, procurando disimular su personalidad con un atuendo prestado y un enorme sombrero cuyas alas le cubrian medio rostro, abandono el almacén, mont6é a caballo y guiado por uno de sus satélites fue a reunirse con los ocho hombres que habian sido elegidos para actuar en su compania, los cuales, diseminados, unos de otros para no llamar la atencién, se paseaban por la calle esperando el momento de actuar. Todo se inici6é al minuto y con una organizaci6n maravillosa. Los alrededores de la Casa de los Leones, que a las cinco y veinticinco aparecian casi desiertos, empezaron a verse poblados casi por encanto. Por todas partes afluian grupos de hombres que convergian frente al edificio, y en cinco minutos aquello parecia un hervidero humano. Alguien que tenia la misién de encauzar la manifestacién y ponerla en marcha, hizo flamear una pancarta en la que se leia: «Pedimos la libertad de Brigham», e inmediatamente, variar docenas de carteles parecidas, surgieron de debajo de las vestidura de sus portadores y colocados en pértigas ya preparadas de antemano, flamearon sobre las cabezas de los manifestantes. El que les dirigia rompi6d la marcha e inmediatamente una compacta fila de mormones form6 tras él y la comitiva se encamin6 despacio, sin un grito, sin una protesta, en perfecto orden, hacia el palacio del gobernador. cConniclooolks C@©