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Pulp Fiction, 1940 · page 31 of 103

Aventuras de Jim: Texas—Los Angeles del Averno — page 31: what you’re looking at

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Aventuras de Jim: Texas—Los Angeles del Averno — page 31: Pulp Fiction, 1940

A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.

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Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

—Aceptado. De momento, me voy a la ciudad. Debo estar alli cuando lleguen, para organizar el primer ataque... Desaparecido tan terrible elemento, lo demas sera facil. Lleno de nerviosismo, monté a caballo, y a todo galope se dirigid al poblado. Era un viaje largo y pesado, pero no tenia otro medio de realizarlo. Esperar la diligencia le haria perder tiempo, y, por otra parte, no queria darse a ver mas que lo preciso. Caia la tarde cuando llegaba a la ciudad. Tenia que actuar con rapidez para tenerlo todo en orden antes de que los viajeros llegasen al poblado. Seguramente atin tardarian un dia mas, tiempo justo para organizar sus planes. Salt Lake se hallaba tranquilo, al parecer. La huida de Young habia apagado mucho los animos, y los pocos adeptos que continuaban en la ciudad procuraban permanecer escondidos ante el temor de sufrir prisidn, pero Zenker sabia d6énde localizar los elementos mas valiosos y decididos, entre los que ain permanecian alli. Se dirigid directamente a una calle de los arrabales, y, llamando de un modo particular, le fue franqueada la entrada. La casa pertenecia a uno de los «angeles exterminadores», que poseida una herreria en el mismo edificio. Se trataba de un tipo barbudo y patibulario, hombre feroz y sanguinario, encargado de preparar los ataques mas rabiosos y audaces de cuantos se llevaban a, la practica. Controlaba a todos los elementos utiles de la secta y poseia tanto valor como audacia para intentar cualquier golpe. Al reconocer a Zenker, pregunto: — Como esta nuestro patriarca, senor? —Bien; rabioso por no contar con elementos suficientes para barrer esa polilla del Gobierno. —Young sabe que cuenta con hombres como yo, fieles y valientes. —Pero ¢son todos iguales? De poco sirven unas docenas contra tantos. —Si no tuviéramos el temor de que nos iban a mandar tropas con canones... —De eso ya hablaremos, Lorit; yo sé dénde se puede dar un golpe de mano y apoderarnos de algunos canones y muchas armas. cConniclooolks C@©