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Pulp Fiction, 1940 · page 17 of 103

Aventuras de Jim Texas: Lo que no pueden las armas — page 17: what you’re looking at

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Aventuras de Jim Texas: Lo que no pueden las armas — page 17: Pulp Fiction, 1940

A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.

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Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

—Pues ese asunto queda encomendado a usted, Born. En cuanto a ti, Texas, no te insinto nada. Ti sabes mejor que nadie lo que debes hacer. —Estudiaré la posibilidad de verificar ese registro que apuntabas. No sera cosa facil si esta precavido, pero veremos. A lo mejor provocamos otra debacle como la de Richmond. —No me agradaria. Aqui el ambiente es otro. —Quisiera conocer de cerca, a Harnold. Sdlo le conozco de nombre y por los retratos. —Pues si quieres, esta tarde hablara en el Congreso. Espera obtener un éxito combatiendo al gobierno en el asunto del Banco. Puedes ir a oirle. Te daré una invitacion. —Iremos, Born. Por algo hay que empezar. Aquella tarde, en el coche del secretario se trasladaron al Parlamento. Nada sucedi6d en el camino, quiza porque atin no habian organizado el plan para deshacerse de Texas o posiblemente porque no sospecharon que saliese en el carruaje del secretario para asistir a la sesion. Nino recab6o libertad para moverse por su cuenta, cosa que Texas no queria concederle, pero insistié en ello. Queria telegrafiar al rancho para tranquilizar a su mujer, aunque ya Texas lo habia hecho desde el despacho de Snock y queria dar una vuelta por la poblaci6n. Cuando Texas y Born ocuparon su asiento en la tribuna, el sal6én de sesiones estaba lleno. Habia una gran expectacion por el debate y los animos se encontraban muy excitados. Cuando Harnold se adelant6 a su escano para hablar, hubo aplausos en abundancia. El partido republicano, que aspiraba a gobernar cuando los demécratas cesasen en su mandato, alentaba toda campana que pudiese poner en evidencia al Gobierno y Harnold les iba a prestar un buen servicio. Harnold, estirado, enfatico, con inusitado aplomo, empezo su discurso. Se veia que lo habia estudiado como un papagayo y que no variaria una tilde de su texto. Si alguien le hubiese interrumpido en aquel momento, seguramente que el magnifico discurso se hubiese venido al suelo, al obligarle a salirse de la linea trazada. Su oratoria era como un tren; si perdia el rail, descarrilaba. Texas, dandose cuenta de ello, tuvo una idea diabdlica y cConniclooolks C@©