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Pulp Fiction, 1940 · page 10 of 103

Aventuras de Jim Texas: Lo que no pueden las armas — page 10: what you’re looking at

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Aventuras de Jim Texas: Lo que no pueden las armas — page 10: Pulp Fiction, 1940

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Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

conozco muy bien, no es un ser vulgar. Es el hombre mas frio, mas sereno, mas audaz y acometedor que he conocido. Nos dio un golpe tremendo en Richmond, y no hace mucho, merced a mi modesta habilidad, le tuvimos encerrado en una trampa en nuestra cueva de Virginia, y se escurri6 de las manos de un millar de sectarios debido a que yo cai de un tiro en el pecho y los demas no se mostraron lo habiles que era preciso para acabar con él y con los dos elementos que le secundan. »Alli cai yo y murid uno de mis companeros de jefatura, y cuando se organiz6 la campana para acorralarles y no permitir que burlasen el cerco de hierro que les rodeaba, llevaron su audacia a tales limites, que mas que hechos reales parecen cosas de fantasia. «Mientras yo permanecia impotente en el lecho, curando mi peligrosa herida, mis companeros se preocuparon de organizar la campana de persecuci6n, pero, ignoro cOmo pudo suceder, que se evadieron de las mallas del cerco y consiguieron descubrir quiénes eran los jefes de Virginia. »Y hace unas noches, en cuestidn de dos horas, ahorcaron a Jack Ogden, el sheriff, a Peter Taylor, el juez, a los ganaderos Dick Speerman y Emest York, y remataron de un tiro al tabaquero Samuel Allen. «Cuando casualmente me enteré de sus andanzas y del peligro que se cernia sobre todos, abandoné el lecho, recluté gente, me puse a la cabeza de ella y les persegui con sana. Estabamos a punto de cercarlos, cuando un hecho insolito nos los arrebat6 de las manos. Un tren que cruzaba a toda velocidad por el lugar de la lucha fue su salvacion. Despreciando el peligro, se aferraron a los pasamanos de los vagones y, abandonando los caballos, subieron al tren, dejandonos burlados. Inmediatamente telegrafiamos a nuestros afiliados de la linea para que interviniesen el tren, pero cuando lo lograron habian desaparecido. De la misma forma que lo tomaron, desaparecieron de él y no hubo forma de localizarles. »Hoy sabemos que se encuentran aqui protegidos por el secretario de Estado y dispuestos a actuar intentando el mas efectista golpe de cuantos han dado. Harnold, que parecia haber quedado mas tranquilo con el relato, pregunt6 friamente: —(En qué se funda usted para suponer que, aparte de tan cConniclooolks C@©