Pulp Fiction, 1940 · page 67 of 92
Aventuras de Jim Texas: Duelo a Muerte — page 67: what you’re looking at
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Stella que se habia calmado, exclaméo: —Es usted un hombre de suerte, senor Texas —dijo—. Otro cualquiera hubiese caido ya en los varios atentados que se organizaron contra usted. —Si; pero no todo es suerte. Hay mucho de precaucié6n y de fuerza, vivimos alerta... Eso es todo. El viaje hasta Dallas y mas tarde a Fort Worth, se realiz6 sin novedad y era de noche cuando llegaron a esta ultima capital. Ya en ella, Texas advirtio a Stella: —Lo siento, pero no puede usted continuar con nosotros. Vamos a un sitio pequeno, sin proteccién, donde su tio es el dueno y cuenta con elementos peligrosos y su presencia seria grave para todos. Debo dejarla aqui hasta que resuelva el asunto de la presa. Stella palideci6 al oirle. gQué iba a hacer ella sola en semejante lugar desconocido? Texas le tranquiliz6 diciendo: —No se preocupe, que voy a dejarla en buenas manos. Aqui tengo personas amigas que se haran cargo de usted y la cuidaran con carino. No pase temor. Stella tuvo que resignarse y Jim se apresur6 a visitar a un rico comerciante que habia sido companero suyo en la guerra, quien enterado de lo que sucedia, se brind6é a hacerse cargo de Stella. —Déjala aqui, Jim —dijo—. Te la cuidaré como a una hija. Mi mujer esta sola y le servira de compania. La joven fue trasladada a la casa del comerciante, donde la acogieron cordialmente. La muchacha parecié tranquilizarse y Texas, que ardia en deseos de partir, dijo: —Bien, Stella, espero que quede tranquila. No creo que tardemos muchos en regresar para ocuparme de su asunto. La muchacha, emocionada, le tom6 de los brazos y con lagrimas en los ojos, balbucid: —Jim... senor Texas... jPor amor de Dios, no se exponga! Hagalo por usted y por mi... si usted cayese yo... yo... me moriria de dolor. Y en un arranque de angustia, rompio a llorar abrazandose a él convulsa. Texas sinti6 junto a su rostro el cosquilleo del dorado cabello de la muchacha not6 los latidos de su coraz6n junt6 al suyo y sufrid una fuerte sacudida. Era algo nuevo y no sentido que parecia encenderle la sangre. Desprendiéndose bruscamente de sus brazos, exclam6: —Se lo prometo, Stella, Confie en mi... Volveré... —jQue Dios le oiga! —exclam6 ella sollozante. Abandonaron la casa y, ya en la calle, Nino, que parecia sentir un hormigueo en la lengua por hablar, masculld: cConniclooolks C@©