Pulp Fiction, 1940 · page 55 of 92
Aventuras de Jim Texas: Duelo a Muerte — page 55: what you’re looking at
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ocuparnos del presente. —A él estoy dedicado. Manana nuestros temibles enemigos no existiran, a menos que el diablo los proteja, y en cuanto a su prima... —Bien. No cante victoria, Zenker. Ayer pensaba usted igual y todo se hundio. —Pero esta vez no sera asi. Mi pensamiento corre tanto como el relampago y Jim Texas habra sido capaz de parar un mal golpe, pero no podra adivinar el inmediato. Ahora no habra traidores a su lado que le salven. La conversacion termino friamente. Zenker adivinaba que atin se hallaba muy lejos de haber ganado la atracci6n de Vera y ésta parecia no encontrarse a gusto cuando el secretario insinuaba sus sentimientos hacia ella. Por fin, al dia siguiente cuando lleg6 a Mc Neil el tren que debia seguir a Texas, tomaron billetes para él, ansiando llegar a Greenville para tener noticias de sus siniestros planes. Acaban de llegar a Stands, ocupando uno de los ultimos vagones del convoy, cuando Vera, que habia pegado el rostro al cristal de la ventanilla, lanz6 un grito ahogado y convulsamente se aferré a la mano de su padre. Este, alarmado, se estremeci6, preguntando: —jPor Dios, Vera! ;Qué te pasa?’ Ella, con la palidez de la muerte en el semblante, senald por la ventanilla y Spack y su secretario se arrimaron a la cristalera, echando un vistazo ansioso al andén. En aquel momento cruzaban éste con precipitaciOn tres personas. Una era Jim, que llevaba del brazo a Stella y detras le seguia Nino con los caballos de la brida. —jQue el infierno nos trague a todos! —rugio el secretario—. ¢Cémo ha podido ser esto? Siguiendo con la vista los movimientos de sus enemigos vieron como Nino embarcaba los caballos, mientras Jim, siempre del brazo de Stella se dirigia a un vag6n mas adelantado. Vera, con los ojos fulgurantes de ira, sintiendo que el rostro se le abrasaba en un fuego infernal y teniendo que comprimir los recios latidos de su coraz6n, seguia los movimientos de la pareja, y algo devorador parecia abrasar sus entranas. Volviéndose a Zenker, exclam6o irénica: —He ahi el éxito de sus planes, Oliver. Usted posee un excelente cerebro, pero hay alguien que le aventaja en eso y en valor personal. El secretario acus6 el golpe, rugiendo: —Bien, reconozco que esto parece obra de milagro. Ni usted ni nadie en el mundo pudo sospechar que hubiesen aban nad el c C@©