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Pulp Fiction, 1940 · page 20 of 92

Aventuras de Jim Texas: Duelo a Muerte — page 20: what you’re looking at

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Aventuras de Jim Texas: Duelo a Muerte — page 20: Pulp Fiction, 1940

A restored page from Pulp Fiction, 1940. Page through the whole issue in the reader above.

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Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

Vera rié divertida y Stella miré a Nino como si se tratase de un bicho raro. Cuando ambas desaparecieron del vagén, Nino se descubrid, arrojo el sombrero al suelo y después de patearlo con furia, rugid: —jPor la Virgen de Guadalupe, manito! ;Qué te he hecho yo para que me trates asi delante de esas chulas lindas? jEso no es decente, manito, creo yo! —Yo creo que si, Nino. Tu eres un indiscreto que en seguida abres la boca para soltar todo lo que tienes dentro. Si tuvieses cabeza como lengua, serias un genio. —Bueno va, no me digas... Yo tengo cabeza, creo yo. —Tienes craneo, pero no contenido. Escucha y apréndete esto. De aqui en adelante eres mudo. —Mudo yo? —Si, cuando te pregunten algo, habla de la luna y del sol, pero no contestes a lo que te pregunten. Déjame que hable por ti. —Bueno va, pero... —Ni media palabra mas. Has de saber que vamos a Texas a deshacer un sucio negocio, en el que nuestro pellejo peligra y sabras, también, que el padre de esa senorita es el granuja mas grande de toda la Confederacién. Por eso no he querido dar nuestro nombre y les he dejado en la duda sobre quienes somos. —jOh, manito, eres grande como el monte Shasta! Te juro que desde ahora yo no soy yo. Soy Bill "El Nino", Jesse James, Sam Bass o Wild Bill. —De acuerdo. Tengo una idea y voy a ver Si cuaja. —Cual? —En una estacién préxima se nos unira el padre de la muchacha. Si fuera posible, le haria creer que somos dos indeseables o dos aventureros que venderiamos nuestros revolveres por cinco ddlares. Quiza esto le animase a contratarnos y nos meteria él mismo dentro de su ratonera. —jEres grande, maniato!... jSeria algo divertido, creo yo! —Pues cierra el pico y déjame hacer. Ahora, si quieres, vamos a cenar con ellas. —Bueno, pero... El caso es que ahora... yo... no me atrevo a decirlas nada... asi... g¢c6mo diria yo? amoroso y... —DMas vale que te lo guardes. Tus suspiros amorosos apagarian los quinqués del vagon restaurante. Vamos. Llegaron al comedor, donde ya las dos jé6venes habian tomado asiento en una mesa junto a una de las ventanillas. La noche se presentaba azul y a través del empolvado vidrio desfilaban los arboles como fantasmas y algunas luces rojizas brillaban en la lejania. cConniclooolks C@©