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Pulp Fiction, 1981 · page 30 of 76

Llegada de un tren (Arrival of a Train) — page 30: what you’re looking at

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Llegada de un tren (Arrival of a Train) — page 30: Pulp Fiction, 1981

A restored page from Pulp Fiction, 1981. Page through the whole issue in the reader above.

📄 Transcribed text from this page (OCR, searchable)

Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

— Usted qué cree? —replic6é a su vez Kevin. —Puedo decirselo. Esta asustado. — De qué? —De todo. Del rayo que par6 ese tren, de esta estaci6n, de la muerte de Colin Connery, del billete de ferrocarril con destino a la Muerte... y de mi. — De usted? —replic6 Orwell. —Si, ¢por qué no? —sonrio de nuevo el empleado, ir6nico—. éQué teme de mi? —No he dicho que tema nada. —No. Lo dije yo. Es posible que me tenga miedo o tan solo aprension. En mucho, sus temores dependen de usted mismo. Y de sus culpas. — Qué ciase de culpas? —quiso saber Orwell—. Si vamos hacia la muerte, esto podria ser un balance de pecados y virtudes. —Podria serlo. Pero usted atin esta vivo. Cinco personas viajan hacia su destino. Le diré algo, senor Orwell. Al final del viaje, sdlo una, maximo dos, viviran. Las demas habran llegado a término. Con todo lo que ello implica. —Quedamos cinco viajeros. Y usted. ¢Sdlo uno o dos sobreviviran? —Si. Como maximo. — Se cuenta usted? —No. Yo, no. No cuento. —Quién es usted? — Usted qué cree? —ri6 apagadamente el ferroviario. —No sé qué pensar. Podria ser... la Muerte. —O la Vida. —La Vida para quién? —Para uno o dos de ustedes, recuérdelo. Para los inocentes tan solo. La Muerte para los demas. Para los culpables. —Inocentes... culpables... 3de qué? El empleado del tren pas6 por el andén solitario. Las maderas del suelo crujian. Se apoyo en la puerta de la sala de espera. La forz6. Con un chirrido agrio, cedié el pestillo. La puerta se abri6 entre crujidos y revoloteo de polvo y suciedad. Un vaho fétido, de humedad, fri6 y abandono, lleg6 del interior, desolado como una amplia tumba, como una cripta iluminada por una triste bombilla colgada de un alto techo mugriento. —Inocentes... culpables... —repitid despacio, ambiguo y como divagando—. Buena pregunta, senor Orwell. Casi me hace pensar que usted es de los primeros. Pero no puedo asegurarlo. Ni siquiera yo mismo podria hacerlo, porque hay cosas que ignoro todavia. Pero ha puesto el dedo en la llaga. Ha utilizado las palabras justas. Inocentes y. .