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Pulp Fiction, 1940 · page 99 of 102

Aventuras de Jim Texas: El monstruo — page 99: what you’re looking at

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Aventuras de Jim Texas: El monstruo — page 99: Pulp Fiction, 1940

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Machine-transcribed from the original scan — historical spelling and the odd misread are preserved.

porvenir. Varias veces habia revivido aquel espinoso problema, y, mientras Brigham viviese, la sombra de esta amenaza flotaria en el ambiente. ale ale ate AY ra ra Ocho dias mas tarde, tres jinetes traspasaban la ancha puerta que daba acceso al rancho de Texas. Los tres, tostados por el sol, un poco enflaquecidos por las vicisitudes sufridas, pero reflejando en sus morenos semblantes la satisfacci6n por el éxito, llegaban ansiosos de estrechar entre sus brazos a las mujeres que todo lo constituian en sus vidas. Stella, Vera y Daphne, reunidas en el portico del rancho, esperaban con ansia su llegada. Junto a ellas, dos angelotes, uno de rubios cabellos y otro con el pelo como la endrina, jugaban en la tierra, mientras un muchachito serio y _ espigado, vestido severamente de negro, se recreaba en un banco con la lectura de un lindo libro de cuentos. Cuando los jinetes avanzaron por el enarenado paseo, tres gritos de inmenso jubilo saludaron su llegada, y, antes de que tuvieran tiempo de desmontar, ya unos brazos suaves y amorosos habian saltado a sus cuellos. Vera, la mas emocionada por ser la que mas en peligro habia visto su felicidad, se dej6 besar dulcemente por Born, quien exclamo, conmovido: —Vera, ahora puedo hacerlo sin que ello signifique ni un pecado ni un insulto. Desde este momento puedes considerarte mi mujer para toda la vida. Ella, indecisa, con los ojos brillantes, le tomdé las manos, contemplandolas con miedo, y por fin balbucio: —jOh, Born, yo también soy muy feliz en este momento, pero me da miedo pensar que esta felicidad tenga una huella sangrienta escrita en las palmas de tus manos! EL, sonriente, se apresur6 a tranquilizarla, afirmando: —Desecha esos temores, Vera; por suerte o por desgracia, ninguno tuvimos el placer de ser los autores de la muerte de ese monstruo. La Providencia actu6 por su propia cuenta, y cuando menos lo sospechabamos y por quien menos lo esperabamos, recibié (a cConniclooolks C@©